martes, 11 de julio de 2017

Que los daños colaterales no seamos nosotros mismos

Por: Harold Cárdenas Lema e Israel Rojas Fiel
Este es un escrito militante, dirigido a todos los que de alguna forma generan ideología en Cuba. Los compañeros que han escrito sobre el centrismo en Cuba tienen preocupaciones que compartimos, tienen razones válidas, pero no tienen toda la razón. No es que sus preguntas no ameriten respuestas, sino que en lugar de un diálogo transparente se ha pretendido aplicar una solución vieja a un problema nuevo. Cuando los ataques preventivos los hacemos nosotros en lugar del enemigo, los daños colaterales somos nosotros mismos.
La forma en que se está conduciendo el debate provoca fracturas entre revolucionarios, divorcio entre intelectuales y activistas con apoyo gubernamental, polarización de la esfera pública. Es difícil concebir un plan contra la Revolución que genere más daño. Nuestro instinto sugiere que lo esencial sigue siendo invisible a los ojos y las verdaderas respuestas siguen ausentes. Un día sabremos a ciencia cierta quién era el enemigo y quién no, pero quienes participan hoy en el debate público no pueden ser peones de un juego mayor, o nuestros esfuerzos son vanos.
Estamos en la misma trinchera, queremos una sola vía y esa se llama socialismo. Escribir un libro sobre el centrismo y mencionar a uno de los autores de este escrito 43 veces, es cuanto menos un exceso, cuando Trump se menciona 26 veces y Obama 31. El mencionado debe ser el diablo porque se menciona en el libro más que un presidente estadounidense. Sugerir ambigüedad en quienes plantan bandera cuando es necesario y abogan abiertamente por el socialismo, es un error. Raúl llamó a la crítica y dar batalla donde fuera necesaria, resulta curioso cómo lo que hace años era una convocatoria hoy puede confundirse con centrismo.
Existe una hegemonía mundial respecto a la cual somos rebeldes los cubanos. A ella se contrapone la resistencia de nuestro país, pero acá dentro también existe hegemonía. Quien genera pensamiento en el Buró Nacional de la UJC, quien imparte conferencias en universidades, quienes tienen respaldo de medios masivos de comunicación, quienes trabajan en la ideología del país con tiempo y conectividad suficiente para articularse, generan hegemonía. No se puede ser anti-hegemónico respecto al capitalismo de dominación, pero a lo interno tener un comportamiento similar. Nuestra hegemonía debe ser siempre de liberación. Como no se puede ser crítico del capitalismo y cerrar los ojos a nuestros problemas internos.
Los que engrasan la maquinaria política del país, deben tener cuidado que sus parámetros no sean excluyentes sino inclusivos, porque cuando terminan los conferencias y se van a sus casas, esas ideas se convierten en sentencias sin juicio y excesos de entusiasmo. Y el adjetivo de "centrista" sigue siendo vergonzoso para un revolucionario, sigue marginando de organizaciones políticas a las que se quisiera pertenecer y sigue saboteando las posibilidades laborales de quien lo lleva como una letra escarlata, merecida o no.
Es menos difícil ser revolucionario con altos niveles de información secreta, viajando con pasaporte oficial, dando conferencias, hospedados en casas de visita y a kilómetros de cualquier osadía legal que les permita hacer su labor. Quien tiene una plataforma que lo soporte, sea revolucionaria o contrarrevolucionaria, siempre lo tendrá más fácil que quien lo hace a mano y sin permiso. Participar en la construcción del socialismo es tanto una pasión para estos compañeros como para nosotros, con la excepción de que para ellos además de pasión es trabajo, para nosotros es una responsabilidad a veces ingrata.
La forma en que se ha abordado la ambigüedad política en momentos claves, en lugar de generar solidaridad ha creado antipatía. Al menos deberían preguntarse por qué. Han confundido el discurso anti-hegemónico con otro que limita la creatividad y autenticidad de la participación política. Entonces comienza el enfrentamiento donde se dedican más adjetivos y se prefieren acuñar más términos despectivos que discutir las ideas de otros. En esta Cuba alfabetizada después de medio siglo de revolución, el impulso no le puede ganar al pensamiento. El entusiasmo no le puede ganar a la convicción.
Los que discreparon en el debate con Silvio sobre este tema, son compañeros de ideas, pero en la práctica no estamos siendo compañeros de lucha. Entre compañeros siempre prima el beneficio de la duda y no el de la sospecha, incluso en los errores propios de la lucha política y la vida. ¿Se puede ser un bloguero revolucionario en escenarios de derecha y defender la revolución? Sí. ¿Se puede dar un concierto en el Teatro Manuel Artime de Miami y defender la Revolución? Sí, el primer concierto de Buena Fe en Estados Unidos fue precisamente en ese teatro.
Menos mal que existe Segunda Cita y nos queda Silvio para liberarnos de esquemas, pero ningún hombre es eterno. Estamos a tiempo de recapacitar, que los compañeros ideológicos sean compañeros de lucha y haya una sola hegemonía que derrotar. Ya no tenemos a Fidel, Alfredo Guevara, Haydeé Santamaría y los que en los 60 protegían los herejes del momento. Ya no hay quien nos salve de los errores e inseguridades institucionales, el ICAIC y Casa de las Américas no pueden ser los refugios de otras veces.
Este escrito no es definitivo, no es la verdad absoluta sino un gesto de buena voluntad. Una alerta para quienes señalan con el dedo y al hacerlo cuentan con el respaldo de la disciplina que caracteriza a los revolucionarios, del público que, por respeto a una institución o un compañero, no le contradice ni siquiera para alertarle su error. No es posible que después de una batalla por el cambio de mentalidad el espacio a la crítica sea aún menor, no es posible que apelar a la crítica revolucionaria sea un ejercicio riesgoso o se confunda con ambigüedad política.
Si para algo tiene que servir este debate es para que el tema no sea un diálogo de sordos. Los compañeros que nos ven fuera de sus parámetros sobre qué es un buen revolucionario, deberían pensar por qué el alcance de sus palabras es limitado, por qué darle un espacio dentro de la Revolución al que no piense como nosotros, pero sepa respetarla, no nos empobrece. Por qué teniendo razones de sobra, su batalla no enamora del todo, habiendo aun tanto amante de justicia y si su táctica de repartir adjetivos descalificando gente, no estará provocando daños colaterales.
A lo largo de la Revolución cuando se han cometido errores, el sentido común de la opinión pública ha hecho recapacitar a las autoridades, garantizando que sea más fuerte y vital la esperanza y salvando revolucionarios. Veremos cuánto hemos aprendido del pasado.

domingo, 9 de julio de 2017

Time to end agricultural trade restrictions with Cuba

By: Paul Johnson and Arturo Lopez-Levy
From: http://thehill.com/blogs/pundits-blog/energy-environment/341148-time-to-end-agricultural-trade-restrictions-with-cuba#.WWKM0ILNqPc.facebook

It has been nearly 17 years since Congress passed a law involving
Cuba. The last time was in 2000 when the Trade Sanctions Reform and
Export Enhancement Act allowed food products to be sold to Cuba on a
cash only basis as an exception to the comprehensive embargo.

The act opened a decade and a half of hope and sales but today, it is
anachronistic. Its prohibition of credit hinders further U.S.
agricultural exports to Cuba. After some important reforms of Cuba's
economy, there is a need for new legislation allowing U.S. agriculture
a chance to compete with other nations who have been trading with Cuba
for decades.

Cuba imports 74 percent of its food while local production is enough
to cover only 20 percent of the population needs. Poor infrastructure,
energy shortages, insufficient irrigation, severe post-harvest food
loss and a woefully inefficient distribution system hinder Cubans'
access to a dependable food supply.

There are other stresses as well. Tourism brought more than four
million visitors to the island last year. While good for the overall
economy, those tourists imposed a tremendous increase in food and food
quality demand for an island with a population of only 11 million
inhabitants and a poor agricultural structure.

That additional demand drove up the cost of food, making it less
available to the estimated 80 percent of the population who do not
have access to private jobs or remittances from abroad. It is
estimated that 88 percent of a Cuban household income is spent on
food, compared to only 10 percent in the U.S.

In short, Cuba has a food problem. Fortunately, the United States can
contribute some solutions — if we are permitted to use them.

The relationship between the U.S. and Cuba over the past fifty years
has been an acrimonious political one. Politics has trumped commerce
and created an environment where trade is unnecessarily complicated.
For far too long, U.S. commercial interests have been forbidden to
leverage their inherent economic and geographic advantages to pursue
trade with Cuba, to the severe detriment of businesses, producers and
consumers in both countries. What is needed is a move towards a
commercial relationship where trust and confidence can be restored.

Meanwhile, Russia, China and European countries — thousands of miles
away — have been sending cargo ships of food and agricultural products
to Cuba, goods that easily could have been purchased right next door
from U.S. companies and producers.

It's clearly time for the United States to normalize agricultural
trade with Cuba. Both countries have much to gain by passing a law
permitting further It's time for U.S. and Cuba agriculture
collaboration, so we must end restrictions on routine activities of
agricultural financial services that do not serve the interests of
either the U.S. or Cuban people.

President Trump's "America first" motto cannot ignore the interests of
farmers who helped elect him, and while a recent executive order made
clear that agriculture trade with Cuba was exempt from further
restrictions, it will require Congress to support that overture.

While ending restrictions on credit and financial services for sales
will increase the American share of the $2 billion in agriculture
products purchased by Cuba annually, Congress should also permit Cuban
exports to the United States.

Currently, the embargo severely limits Cuba from shipping exports
directly to the United States.

Dropping that restriction would benefit U.S. consumers as well as
Cuban exporters. Under normalized trade relations, U.S. consumers once
again would gain access to nearby Cuban products —such as tropical
fruits, seafood, coffee and tobacco — which we currently import in
large quantities from other countries at a higher cost.

The time has come for Congress to pass a law that will open up a new
market for our farm products, while helping to build a relationship
with Cuba literally from the ground up.

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Paul Johnson is the president of Chicago Foods International, which
focuses on focus on developing equity projects and managing operations
that improve food and agriculture production, supply chains, trade,
and the sustainability of our shared natural resources.

Arturo Lopez-Levy, PhD is a lecturer at the Political Science
Department of the University of Texas, Rio Grande Valley. He is the
co-author of "Raul Castro and the New Cuba: A close-up view of
Change."

Palabras para hoy

Tomado de: http://segundacita.blogspot.com/2017/07/palabras-hoy.html?m=1
Por Aurelio Alonso

El jueves leí en Granma el artículo de Elier Ramírez Cañedo «Volver a
Palabras a los intelectuales» y celebro su recuerdo, en el diario de
mayor circulación nacional, de aquel debate memorable, en el cual,
como en muchos otros momentos, remontó Fidel el escenario planteado
por la coyuntura y dejó una reflexión indispensable para todos los
tiempos. Sin embargo, a pesar de haber contado el autor con una página
entera del diario, y dar elementos sobre la actualidad del
acontecimiento, sentí que quedaron cosas por decir. Pienso que de las
cosas que un historiador no puede pasar por alto.

En 2011 dediqué unas líneas al 50 aniversario de las Palabras…, a
solicitud del semanario chileno Punto Final. Las busqué ahora,
confieso que motivado también por el debate en Segunda cita, y
prefiero volver a algo que dije entonces, que intentar hacerlo con
otras palabras. Parto del hecho de que fue en aquella intervención de
Fidel que quedó plasmada, en una expresión sencilla, inequívoca, una
postura que devendría paradigmática. Cimentada en un principio –tal
vez sin precedente en la tradición socialista– que previniera, al
mismo tiempo, los riesgos de dos excesos extremos: de un lado, el de
aplastar las libertades y, del otro, el de tolerarlas en contra del
proyecto revolucionario en curso. No obstante, después del debate de
1961 y registrada en la memoria la fórmula de Fidel, hemos podido ver
(y sufrir), en la posterioridad, cómo la interpretación burocrática
sobre el alcance de las libertades era sometida a otros
condicionamientos. Sabemos que solo diez años después, los términos
«dentro» y «contra» fueron manipulados muchas veces en referencias
arbitrarias para reprimir. El artículo de Elier despacha aquella
deformación con siete palabras: «en los años 70 hubo distorsiones y
errores». Una reducción incomprensible.

Recuerdo que algunas de las obras cubanas y no cubanas más
significativas de aquellos años fueron proscritas y tuvo que correr
agua bajo los puentes para que llegaran a manos de los lectores más
jóvenes. La creación llegó a experimentar, en todas sus
manifestaciones, episodios sombríos que no necesitamos inventariar
aquí, vinculados con frecuencia a otras formas de discriminación. La
ingeniería de lo que Ambrosio Fornet bautizó como «quinquenio gris» no
se implementó contra las Palabras a los intelectuales sino,
paradójicamente, a partir de una interpretación distorsionada
incompatible con el sentido original de las mismas. En 1996, recordaba
Armando Hart que su actuación fundacional en el Ministerio de Cultura,
veinte años antes, se orientaba a «aplicar los principios enunciados
por Fidel en Palabras a los intelectuales y para desterrar
radicalmente las debilidades y los errores que habían surgido en la
instrumentación de esa política».

La experiencia del marxismo soviético está cargada de ejemplos de una
hermenéutica distrófica del pensamiento revolucionario, concebida para
justificar arbitrariedades políticas consumadas o a consumar. También
en Cuba, durante muchos años, la crítica de posiciones soviéticas era
objeto de una severa descalificación ideológica; poco importaba que
fuera justa o no. Hoy esa crítica parece intrascendente, pero los
censores vuelven a alzarse, una y otra vez, para obstaculizar el
disenso y el debate, ahora en torno a los problemas propios de nuestro
socialismo. Como si la clave de la unidad se cifrara en exclusiones.
Precisamente cuando más se necesita de la mirada crítica y cuando más
inteligencia hemos desarrollado para ello. Y lo más complicado es que
el futuro del pensamiento no está exento –no lo estará nunca, ni aquí
ni en ninguna latitud– de la recurrencia a estas deformaciones. Es la
vertiente más escabrosa de la real batalla de ideas.

Me excuso ante los lectores por esta parrafada tan larga. Fidel nos
enseñó entonces, de manera ejemplar, cómo se asocian, por su
naturaleza, la vanguardia política y la intelectual. Creo que Elier lo
reconoce en el párrafo final de su artículo de Granma. Yo pienso
también que desde entonces no han sido pocos los intelectuales cubanos
que lo aprendieron y han dado muestra de ello, en la escala de sus
entregas vitales. Con vuelos propios y hondo sentido crítico, algunos
fallecidos recientemente como Guillermo Rodríguez Rivera, Fernando
Martínez y Jorge Ibarra, y otros vivos y en plena madurez creativa,
como es el caso de Silvio, cuya lucidez celebro tanto como su talento.

Lamentablemente, a los que hemos vivido este tramo de la revolución
cubana nos ha faltado la audacia de someterla al bisturí crítico del
análisis histórico. Nuestros historiadores, que no son pocos, se
detienen en 1959 como si un muro les impidiera ir más allá. Es una
carencia perceptible y las generaciones futuras no nos van a perdonar
esas tibiezas. Tal vez ya las de hoy no nos las perdonen.

sábado, 8 de julio de 2017

Sobre la entrevista a Enrique Ubieta en Cubadebate en torno al “centrismo”.

Tomado de: https://cubaposible.com/entrevista-enrique-ubieta-cubadebate-centrismo/

Ahí están, y son los mismos de siempre (aunque no lo parezcan).
Algunos hoy con edades y ropajes diferentes, pero alimentados desde
las latitudes y fuentes habituales. Los que con la sección
"Aclaraciones de Hoy" siguieron buscando implantar y consolidar la
inspiración estalinista en la experiencia cubana; los que se
enfrentaron a nuestras herejías, las de Fidel y el Ché, con
"micro-fracciones" y apoyos del PCUS y comparsa, en Europa del Este y
en América Latina; los que persiguieron -desde melenas hasta cultos u
opciones sexuales- y lograron hasta destruir la brillante experiencia
del Departamento de Filosofía y de Pensamiento Crítico (al amparo de
una lucha contra "el diversionismo ideológico"); los que quisieron
uniformar y encasillar en moldes rígidos la cultura, los patrones
sociales, el pensamiento y el debate hasta convertirlo en un discurso
monocorde y aburrido de los 70 en adelante (que nuestros jóvenes
estudiantes, sabiamente, bautizaron como "baba"); los que pretendieron
hacer del mal llamado "ateísmo científico" en una cruzada estéril; los
que intentaron convertir el término "pro-perestroiko" en anatema y
chivo expiatorio del colapso de la vertiente estalinista de una "cosa"
que se llegó a llamar "socialismo real" (más bien irreal, como
demostraría la vida misma); y como penúltimo intento -porque siempre
se trata del penúltimo- el tardío y sucio "caso CEA", contra un
talentoso y creativo grupo de jóvenes académicos en los 90. Los
intentos de monopolio de tesis, ya sea en el campo de las ciencias, la
teología, las artes o la política, no generan otra cosa que
estancamiento y oscurantismo. ¿Es acaso "el centrismo" el último de
tales tristes e inaceptables capítulos o, simplemente, otro penúltimo?
Atentos todos porque esto no termina aquí.

¿El método? El de siempre: el de descalificar, adjetivizar, el de las
insinuaciones tenebrosas, agentes de algo o de alguien, colgar
"sambenitos", acusaciones y culminar en la crucifixión del santo
epíteto de contrarrevolucionario y, con ello, procurar anular al
oponente o contrario, al portador de una crítica rigurosa o animador
de un debate inteligente entre hombres y generaciones que todo lo
dieron por la Revolución. La vida muestra que el mejor revolucionario
es el revolucionario crítico, rebelde, contrario a las
simplificaciones, hereje por naturaleza y que no hay nada más
contrarrevolucionario que la obediencia en nombre de la disciplina y
la uniformidad, del "quedarse callado para no quemarse", de la
mediocridad y la cobardía. Ahí está Mella expulsado del propio partido
que fundó; ahí está nuestro Fidel que se lanzó contra los imposibles
de su época; ahí está el Ché que les cantó "las 40" al "socialismo
real" y nos recordó que siempre es preferible vivir y morir como
Quijote que como mediocre. A contracorriente siempre y por eso fueron
fundadores y gozan del respeto de muchos.

Pero, lo que se intenta hacer ahora es una manera burda y poco educada
de fomentar el insulto y el odio. Hechos, resultados y, a partir de
estos, las interpretaciones más consistentes es lo que se impone, no
catilinarias repletas de fraseología hueca al estilo de la mejor
"baba". Se habla de muchos errores cual entelequias bien abstractas,
cual meteduras de pata con la mejor intención del mundo, sin
percatarse, o buscando escamotear, de llamar las cosas por su nombre y
contextos bien exactos para poder juzgar con propiedad y señalar
responsables e irresponsabilidades por su nombre. Es un deber y una
responsabilidad que tenemos para con las presentes y nuevas
generaciones.

Estos "vientos de fronda" -como diría Alejandro Dumas- no son algo
nuevo, aislados, ni terminan con la entrevista a Ubieta. Vienen
soplando con fuerza desde hace más de dos años bajo diversas fórmulas
como "socialdemocracia", "tercera vía" y "centrismo". Se aprestan las
armas y arreos para una nueva "cacería". Sólo falta que empiecen a
designar con nombres y apellidos gentes, instituciones y medios que
serán tratados como "enemigos del pueblo" y llevados a la hoguera de
la condena oficial y el ostracismo del silencio, pésima manera de
adentrarnos en el 2018 y el ya tardío relevo generacional.

Lo que tiene que prevalecer es el debate serio, riguroso, a carta
cabal, cara a cara y sin maniobras sucias ni lenguaje tramposo, y con
la debida reciprocidad mediática, aspecto éste de muchísima
importancia, a fin de lograr el equilibrio justo en la difusión de las
ideas y del debate. No puede ser de otra manera y el que le tenga
miedo a esta manera de abordar las discrepancias y enfrentamientos de
ideas, por favor -como dice el sabio refrán- "que se compre un perro".

jueves, 6 de julio de 2017

Las posadas y el gasto público

Qué sorpresa con la noticia en nuestros medios de que el gobierno asumirá – de nuevo – el resurgir de las populares "posadas". Pero mi asombro no va en sentido positivo, como algunos reaccionaron –  ¡quién puede estar en contra de satisfacer los instintos más sanos! –, sino todo lo contrario: es que el Director de la Empresa Provincial de Alojamientos de La Habana dijo que "lo principal es demostrar que estatalmente podemos cumplir con ese propósito" – bueno, ¡hasta tenemos una Empresa Provincial de Alojamientos, con Director y todo! supongo que también secretarias, carros, gasolina, etc. –
Qué pena constatar que aún queda gente, sobre todo en cargos decisivos del gobierno, que todavía creen que el Estado puede ser eficiente para asumir esos servicios. Sobre todo, después que hemos pasado casi 50 años demostrando que no, que la "ofensiva revolucionaria" de 1968 fue un error, que esos servicios estatales son un gasto público que abre la puerta a la corrupción y al robo. Parece que algunos lo ven claro para el caso de las barberías y las peluquerías, pero no para otras cosas.
Y no me incomodaría si no fuera porque significa una carga pesada para el gobierno cuando, con tan pocos recursos que se tienen, hay tantas otras necesidades de gastos indispensables: hay tantas calles y aceras que reparar, hay tantos parques y avenidas que iluminar, hay tanta basura que recoger, hay tantos círculos y escuelas que pintar... y todo se carga a la misma cuenta, al famoso "erario público" del que no se sabe mucho, porque no hay una rendición de cuenta o un debate transparente de por dónde van sus gastos.
Lo más penoso es que porque se piense así algunos creen que se es menos "socialista", otros hasta son acusados de "neoliberales". No, compañeros y compañeras, eso es pensar más racionalmente – léase también responsablemente – en el gasto público.