miércoles, 15 de febrero de 2017

Día del amor... ¿y la amistad?

Cada vez que llega el 14 de febrero, con toda la carga promocional que le acompaña, no deja de sorprenderme la insistencia de tantas personas a aferrarse a conceptos y definiciones. Que si el amor, que si el querer, que si enarmorarse, que si la fidelidad, que si el placer, los celos, el desamor... es una lista interminable.

Qué manera de complicarse la gente tratando de entender algo tan humano como el amor. Qué rollo para enredarse en dejar bien clara la diferencia entre el amor y la amistad. No parten ambos del mismo sentimiento? A mi esa insistencia siempre me ha dado un tufillo homofóbico, porque no se ve bien eso de que yo ame a un amigo. Eso puede sonar a pajarería (o a lesbianismo, en el caso de las mujeres). Entonces hay que dejarlo claro: amar es una cosa y la amistad es otra. Y por eso hay que crear la etiqueta: celebrar el día "del amor y la amistad". Qué ridículo!

Hay una variante peor, más simple y excluyente: celebrar el "día de los enamorados"; entendiéndose como tal, por supuesto, a la pareja (solo dos, claro) monógama y heterosexual, tal como lo impone nuestra tradicional cultura machista. Todavía se pueden observar muchas expresiones de esa naturaleza, desde nuestros centros comerciales hasta en la televisión nacional. Siendo honestos, no se ha avanzado casi nada al respecto.

Soy de los que no me gusta marcar días específicos para sentimientos tan grandes. Pero si queremos celebrar algo debe ser esa hermosa capacidad humana de amar a cuantas personas pueda uno encontrar a su paso, sea aquella (o aquellas) con quienes compartir lo más íntimo, sean sus amistades, sus vecinos, sus colegas de trabajo, sus familiares... porque el amor es asi, tan amplio que no cabe en un concepto.

sábado, 11 de febrero de 2017

Domingo Amuchástegui: Los mayores errores en las relaciones con Cuba van a la cuenta de la política de injerencia y agresión por parte de EEUU

Entre los estadounidenses que se interesan en las relaciones con Cuba es común encontrar mucha desinformación sobre los orígenes de las dificultades entre los dos países. Con frecuencia suelen simplificarlo culpando a la Cuba “comunista” y al Fidel “intransigente” de todos los males, cuando las complejidades de la realidad superan con creces esta fantasía. También del lado de acá del Estrecho de la Florida se escuchan con demasiada frecuencia dudas similares.

Para quienes no han tenido acceso a los datos históricos, sea cual fuere la razón, reproduzco a continuación una excelente entrevista sobre esos primeros años realizada por Lenier González, de CubaPosible, al profesor Domingo Amuchástegui.

El conflicto nacional entre 1959 y 1965: diálogos con Domingo Amuchástegui

Por: Lenier González Mederos, 1ro de febrero de 2017
Tomado de: https://cubaposible.com/conflicto-nacional-1959-1965-dialogos-domingo-amuchastegui/
 
En el período que abarca desde finales del año 1959 hasta 1965 asistimos en Cuba al desarrollo de un conflicto armado e ideológico de gran envergadura. En dicho diferendo participan, de un lado, el joven Gobierno Revolucionario (con el apoyo de las fuerzas del Ejército Rebelde, de las Milicias Nacionales Revolucionarias y de los nacientes Órganos de la Seguridad del Estado); y del otro, tres fuerzas organizadas para la acción política-ideológica y la lucha armada: el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR), el Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) y el Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE) (con el apoyo logístico de la Agrupación Católica Universitaria, la Acción Católica, otras estructuras institucionales de la Iglesia Católica y la Agencia Central de Inteligencia).

Vencedores y vencidos han brindado a la nación sus visiones particulares sobre lo acaecido. El resultado ha sido un crispado forcejeo simbólico que ha pretendido capitalizar la memoria histórica de la nación. Se ha tratado, en la práctica, de una feroz “guerra de la memoria”: lo que para unos fue una “lucha contra bandidos y mercenarios”, para otros constituyó “la última guerra civil” de la historia de Cuba, librada en contra “del comunismo”. En su importante libro-entrevista Cien Horas con Fidel, Ignacio Ramonet pone en boca del Comandante y ex-presidente cubano un dato que ilustra el dramático saldo de ese conflicto: esa lucha pobló las cárceles cubanas con 15,000 presos políticos. Para acercarnos a las causas profundas de este fenómeno hemos dialogado con Domingo Amuchástegui, analista político y quien, desde muy joven, formó parte de las filas revolucionarias. Con esta entrevista quedan abiertas las páginas de Cuba Posible para aquellos actores que hayan participado del conflicto y estén dispuestos a ser interpelados en los marcos de la objetividad y del respeto.

1. ¿Cuál era la situación de la nación cubana, del quehacer de la sociedad civil, del orden republicano y del funcionamiento de sus instituciones hacia la madrugada del primero de enero de 1959?

La pregunta daría para dos volúmenes de 500 páginas cada uno, por lo menos. Recurro al arte de la síntesis, y destaco los puntos que considero más importantes.

Si la sociedad anterior al 10 de Marzo de 1952 era una de enormes contrastes sociales, en medio de una corrupción político-administrativa rampante y una economía de absoluta dependencia a los mercados de Estados Unidos —desde el azúcar (mediante un sistema de cuotas que se reducía peligrosamente), hasta la importación de alimentos (que frenaba, de mil maneras, cualquier proyecto desarrollista nacional)—, nadie tenía el derecho de usurpar, mediante la violencia golpista, el más o menos normal desenvolvimiento constitucional alcanzado luego de 1940; a pesar de los muchos reparos que poseía este decursar histórico, típico de un esquema neocolonial o, al decir, de Leland Jenks, “nuestra colonia en Cuba”.

La existente separación de poderes de nada sirvió para invalidar el golpe de Estado y, de manera cobarde y desvergonzada, pasaron a convertirse —salvo rarísimas excepciones individuales— en instrumentos de la tiranía establecida; lo que conllevó a la validación de sus “Estatutos Constitucionales” y de cuanta maniobra (o movida legal o electoral) hubo de diseñar el tirano Batista y su equipo durante sus seis años de existencia.

El grueso de la llamada “sociedad civil” (término que no formaba parte del vocabulario político de la época y, en su lugar, el término acuñado era el de “las clases vivas”) de entonces y sus más renombradas instituciones extendieron su reconocimiento, explícito o implícito, al golpe y de inmediato pasaron a congraciarse, y a asociarse, con el tirano Batista; el silencio como herramienta de complicidad se imponía por doquier y muy contadas voces se atrincheraron en la condena o el desafío. Dicha “sociedad” estaba reflejada en el roto-grabado del Diario de La Marina, en asociaciones diversas, colegios profesionales, clubes, etc. La Iglesia Católica, en particular por medio del cardenal Arteaga, seguiría un patrón no menos cómplice. El sindicalismo, bajo el control violento de Mujal, desde 1947, y su posterior compromiso con Batista no sería excepción, con contadísimas salvedades. Se congratulaban del “orden” que el “presidente” Batista establecería. De la noche a la mañana, Washington no tuvo el más mínimo de los escrúpulos en hacerse cómplice activo del golpe. El crimen organizado de Estados Unidos tendría ahora sus mayores oportunidades en la Isla.

Los cubanos de solares y cuarterías, de los “llega-y-pón” y Las Yaguas, de los realengos, las víctimas de los desalojos, los precaristas y un sinfín de componentes sociales mayoritarios, que nada o casi nada representaban en aquella sociedad civil, carecían de las voces o medios para hacerse representar o desempeñar algún protagonismo, salvo algún episodio esporádico. Estos sectores no eran —en el mejor de los casos—, parte de las “clases vivas”, sino, más bien, de las “clases muertas”.

Los restos del autenticismo expulsado del gobierno se fueron para Miami (los que tenían la plata para ello) y, los demás, empezaban a navegar en una pasividad pasmosa. Aquí también hubo poquísimas y honrosas excepciones. Este patrón de conducta también pasaría a distinguir a una ortodoxia sin Chibás, seguido todo ello de fraccionamientos y capillas que acentuaban la parálisis política de ambos partidos. El Partido Socialista Popular (PSP) continuaría en su inopia política de una pasividad chocante. Algunos esfuerzos de unos pocos auténticos (en articular una respuesta armada), quedaron en fallidos ajetreos conspirativos (Triple A, OA, Montecristi y otros); mientras que repetidos esfuerzos posteriores por alcanzar pactos políticos con fuerte sabor electoral (como los de Montreal, Diálogo Cívico y Miami), se diluían frente a las políticas del tirano Batista, pero, sobre todo, frente al ascenso de vertientes insurreccionales de raíces y proyecciones propias.

La dinámica de dichas vertientes insurreccionales culminaría en el recurso creciente a la acción armada en sus tres episodios más trascendentales: a) el asalto a los cuarteles de Bayamo (Carlos Manuel de Céspedes) y Santiago de Cuba (Moncada), b) la expedición del Granma y c) el asalto al Palacio Presidencial. La opción de la lucha guerrillera prevaleció y devino en victoria arrolladora y única, y trajo aparejado la consolidación de la figura de Fidel Castro y el Ejército Rebelde como los componentes emblemáticos y rectores del proceso del acontecer revolucionario. Frente a la mirada atónita de Estados Unidos y del resto de los gobiernos de América Latina y el Caribe, el accionar guerrillero de los cubanos hacía trizas el dogma absoluto, hasta entonces, de que “una revolución puede hacerse sin el ejército, con el ejército, pero nunca contra el ejército”.

La tiranía había presentado sus cartas credenciales bien temprano con los asesinatos del comandante de la Marina Jorge Agostini, de Mario Fortuny y del estudiante Rubén Batista, con los asesinatos masivos de los combatientes del Moncada, del Goicuría, de no pocos de los expedicionarios del Granma capturados, de la expedición del Corinthya, de los combatientes de los alzamientos de Santiago y Cienfuegos, así como del grueso de los asaltantes al Palacio Presidencial, pertenecientes al Directorio Revolucionario. Podrá ser un ejercicio imposible contabilizar muertos, torturados y desaparecidos, pero calles, carreteras, cunetas, guardarrayas, enterramientos masivos, recibieron cientos y no sé hasta qué punto miles de cubanos asesinados. Los reportajes de aquellos primeros días (Bohemia, con su mayor cobertura), no dejan lugar a dudas.

Cuatro “retratos” de la “sociedad civil” o “clases vivas” merecen una breve reflexión. Primero, lo que nuestra historia conoce como “Segundo Asalto al Palacio Presidencial”, o sea, al día siguiente del 13 de marzo, fecha de la acción heroica. El tirano convocó públicamente a todas las “clases vivas” a rendirle un acto de desagravio y apoyo. Al Palacio Presidencial acudieron, sin el más mínimo recato o escrúpulos, lo más “distinguido” y adinerado de aquellas “clases vivas”: desde grandes empresarios y banqueros, pasando por la más alta jerarquía católica, y hasta “juana y su hermana”.

Segundo, a la convocatoria de huelga que hizo el Movimiento 26 de Julio, el 9 de abril de 1958, ni un solo sector ni empresa de esas “clases vivas” secundaron el llamado al cierre o paro de sus negocios y empresas.

Tercero, hacia los últimos meses de la tiranía, una respetable cantidad de integrantes de esas mismas “clases vivas” pasaban a apoyar al movimiento revolucionario con algunas contribuciones monetarias y algún nivel de activismo pro-revolucionario, reflejado en el seno de lo que se conoció por entonces como Resistencia Cívica, a la espera de que ocurrido el cambio pudieran entonces “limpiarse” de su pasado y reclamar en base a su apoyo de última hora.

Y cuarto, el llamado Pacto de Caracas a fines de 1958, donde varios partidos de la oposición pasiva e inoperante de Cuba, pasaban a extenderle su reconocimiento y apoyo a la dirigencia revolucionaria de Fidel Castro y el Ejército Rebelde que, de paso, es bueno recordar, gozaba además del apoyo de las fuerzas que habían derrocado la tiranía del general venezolano Marcos Pérez Jiménez. Con dicho “pacto” se consagraba el reconocimiento explícito de que, alcanzada la victoria, ésta no sería un simple recambio ni regreso a 1952, sino que desataba una dinámica revolucionaria con transformaciones bien radicales como las definidas en el Programa del Moncada, el cual muy pocos de ellos habían estudiado seriamente.

2. ¿Cómo percibieron y qué esperaban los cubanos, de todos los sectores sociales, el amanecer del primero de enero de 1959?

Qué esperaban los cubanos de todos los sectores, deviene en un ejercicio nada fácil. En lo más inmediato, esperaban un gobierno completamente nuevo, que hiciera justicia con los crímenes y saqueos de Batista y su pandilla; y, además, un despliegue de aspiraciones, sueños y demandas (siempre contenidas o reprimidas) que de inmediato saturaron los espacios sociales y políticos. Al menos esto era lo que los sectores populares comenzaron a hacer evidente. Para la abrumadora mayoría de los cubanos estaba perfectamente claro que un gobierno completamente nuevo no era, no podía serlo, el encabezado por el binomio Urrutia Lleó-Miró Cardona. El gobierno que se avizoraba, que se aspiraba y que se apoyaba mayoritariamente, era uno que encabezaran Fidel Castro y el Ejército Rebelde. Las “crisis de gobierno” de febrero y julio de 1959 lo demostraron a las claras. Miró Cardona y Urrutia Lleó probaron, con creces, su incapacidad para entender y responder a lo que las grandes mayorías de la sociedad aspiraban en el nuevo contexto revolucionario.

Para las “clases vivas”, el cuadro era distinto. Para los asociados con Batista que habían saqueado el país y sus reservas (búsquense los testimonios de Felipe Pazos y de Rufo López Fresquet al respecto en los días iniciales de la Revolución), la justicia revolucionaria y la intervención de bienes malversados los puso en fuga temprana.

Desde Estados Unidos se aseguraron de inmediato tres cosas claves: a) creciente respaldo político a sus reclamos contra el poder revolucionario en Cuba, incluyendo la protección de todos los criminales que buscaron asilo en dicho país y que las autoridades cubanas procuraban su extradición a partir de un acuerdo a tales efectos existente desde 1906; b) el inicio, en enero mismo, de acciones encaminadas a paralizar el funcionamiento financiero y bancario normal de la economía cubana, completamente dependiente de Estados Unidos, junto a las primeras confiscaciones de bienes del Estado cubano en Norteamérica para “compensar” a los sectores batistianos que así lo reclamaban debido a sus propiedades recuperadas por el Gobierno Revolucionario; c) para los demás representantes de dichas “clases vivas”, luego de tratar de cortejar inútilmente los favores del Gobierno Revolucionario, se encontraron que ante semejantes acciones de parte de Estados Unidos no sólo su habitual modus operandi se encontraba en un callejón sin salida, sino que —más importante todavía— derivaban una conclusión crucial: el vecino del norte estaba decidido a enfrentar a la Revolución cubana y a procurar su derrocamiento por todos los medios posibles a corto plazo. Razón por la cual lo más saludable era partir hacia Estados Unidos y esperar el regreso victorioso del Imperio, detrás del cual ellos regresarían a restablecer sus propiedades y privilegios. Como resultado de este proceso, se producía un fenómeno masivo de abandono de empresas, fábricas, latifundios, residencias, bancos y otros servicios, dejando, de la noche a la mañana, a miles de trabajadores sin empleo y sueldo. ¿Qué esperaban “las clases vivas”? Esencialmente, el fin del proyecto revolucionario mediante la inevitable, y seguramente victoriosa, intervención de Estados Unidos. Esta visión se reforzaba por completo luego de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, en mayo de 1959. El fantasma de la intervención norteamericana en Guatemala (1954) anidaba sólidamente en sus limitados intelectos y horizontes, sin comprender, ni por aproximación, lo que estaba ocurriendo en Cuba. La predominante, y muy arraigada, cultura “plattista” en dichas “clases vivas” determinaba, en lo fundamental, sus patrones de conducta y opciones.

3. ¿Cómo se desató el conflicto Revolución/contrarrevolución?

El conflicto se desata a partir de las premisas descritas en parte en mi segunda respuesta, pero sí considero importante enfatizar que el primer actor de la contrarrevolución en Cuba no fue Rafael Díaz-Balart y su organización “La Rosa Blanca”, sino Estados Unidos y su accionar, que comienza incluso antes de 1959. Cualquiera que examine las fuentes documentales e investigaciones históricas más serias, tendrá que aceptar que el primer acto hostil para dar al traste con la victoria revolucionaria está representado por el conjunto de acciones político-diplomáticas de diciembre de 1958 (para intentar escamotear semejante desenlace, facilitan la salida de Batista y tratan de salvar el orden establecido tras una fachada de legalidad, amparada en el respaldo de los restos del ejército de Batista, bajo la jefatura del general Eulogio Cantillo). Este es el primer acto contrarrevolucionario y su organizador, animador y guía fueron Estados Unidos y sus tres Administraciones hasta 1965: Eisenhower, Kennedy y Johnson. La contrarrevolución, dentro y fuera de Cuba, se alimenta y reproduce a lo largo y ancho del país a partir de lo que diga y disponga Washington y la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

En el desarrollo de la contrarrevolución armada (desde la segunda mitad de 1960 hasta sus estertores a finales de 1965) contribuyeron, en medida significativa, cambios negativos en la política agraria de la Revolución y desatinos mayúsculos cometidos por dirigentes provinciales, en particular en las provincias de Las Villas, y en el Escambray en particular, así como en Matanzas. El giro de la política agraria hacia la estatización (granjas del pueblo), la aplicación del mecanismo de comercialización forzosa conocido como Acopio, las acciones en contra de las cooperativas que “se estaban enriqueciendo”, la aplicación de la segunda Reforma Agraria en 1963, se acompañaron de extremismos y abusos en esas y otras provincias (como Pinar del Río), donde mayor y más virulenta fue la contrarrevolución armada. Figuras como Félix Torres, el Abuelo (Calderío) y Jesús Suárez (Restano) y otros, crearon tanto descontento y problemas que muchos jóvenes instructores políticos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), en el verano de 1962, tenían el criterio unánime de que todos esos personajes habían servido, con sus acciones, mucho más a la CIA y a la contrarrevolución, que a la propia Revolución.

4. ¿Cómo caracterizaría usted el imaginario político de cada una de las partes implicadas en el conflicto?

En la experiencia del caso cubano, el imaginario político de los revolucionarios transita por un ideario de nacionalismo-revolucionario, marcadamente anti-imperialista y martiano, con mayores acentos radicales en diversos sectores y con variadas influencias del pensamiento marxista. También existían otros sectores que para nada compartían tales niveles de radicalismo político y, mucho menos, ideas marxistas; todo ello acompañado por una particular hostilidad en contra del Partido Socialista Popular (PSP), tanto por su trayectoria en contra de la lucha armada para derrocar a Batista, su legado estalinista en todo su quehacer, así como por su propósito de copar todos los mecanismos de poder más allá de la modesta cuota a la que legítimamente podían aspirar (lo que con frecuencia se identifica como “el sectarismo de Aníbal Escalante”).

Por otro lado, ignorar o tratar de negar que dentro de las filas del “Movimiento 26 de Julio” y del Directorio Revolucionario existían amplios sectores influidos por ideas marxistas, es desconocer la realidad histórica de entonces; además, la implantación revolucionaria en las zonas rurales nutrió y maduró una fuerte corriente en favor de un agrarismo que hiciera justicia al campesinado cubano, factores que habrían de reflejarse en el proyecto de Reforma Agraria de mayo de 1959. Las nociones de justicia social y de anti-imperialismo, hicieron madurar en no pocos anti-comunistas, o simplemente prejuiciados contra las ideas socialistas, un rechazo a estos prejuicios y abrazaron un ideario genuinamente radical, más allá de los apellidos o etiquetas con que se pretendía descalificar la acelerada radicalización del proceso revolucionario. Otros continuaron con sus prejuicios y hostilidad, derivando hacia la opción contrarrevolucionaria.

Pero semejante radicalización debe ser entendida como la resultante no de un acto de magia o capricho de la noche a la mañana. Repasemos algunos episodios que son bien ilustrativos de cómo se evolucionó hacia tal radicalización:

a) En el transcurso de las reuniones de Fidel y del Che con varios dirigentes y expertos del PSP, a comienzos de 1959, en Tarará, prevalecía una atmósfera favorable a un rumbo cauteloso, de no “quemar” etapas ni precipitar confrontaciones, incluido en esto el proyecto de Reforma Agraria. Al menos, era esta la atmósfera hasta el viaje de Fidel a Estados Unidos. A su regreso, Fidel optó por un rumbo más radical y acelerado (véase el testimonio al respecto de Oscar Pino Santos, publicado en medios cubanos décadas después).

b) En los primeros seis meses de 1959, la dirigencia revolucionaria envió a Estados Unidos tres delegaciones con un marcado carácter amistoso. Una primera encabezada por el Comandante Camilo Cienfuegos, la que fue oficialmente desestimada, ignorada, por las autoridades norteamericanas. La segunda, encabezada por el propio Fidel Castro y acompañado de una nutrida delegación, en la que incluía un buen número de empresarios cubanos de renombre. Una popularidad muy marcada durante toda su visita, contrastaba con el rechazo de Eisenhower a dialogar con él, el diagnóstico de Nixon a favor de su derrocamiento y ni una sola oferta de asistencia o colaboración de algún tipo. Y ésta era la razón que, en parte, explicaba el giro radical dado por Fidel al regresar a las discusiones en Tarará.

c) Un tercer intento se realizó enviando en julio una nutrida delegación a Miami presidida por José Llanusa, alcalde de La Habana en esos momentos. Lo acompañaba el carnaval de La Habana con la reina y toda la fanfarria imaginable. Hermanar las dos ciudades, en un clima de colaboración, terminó en asaltos violentos de parte de los batistianos en Miami contra el desfile del carnaval y de manera brutal y despiadada contra el cónsul cubano en Miami, Bebo Hidalgo. La policía de Miami y el alcalde Robert King High nada hicieron para prevenir o castigar estos ataques.

d) ¿A dónde se enviaron a formarse nuestros primeros pilotos? Los primeros pilotos revolucionarios que Cuba necesitaba entrenar no los mandó a Moscú, a Praga o a Belgrado; se enviaron a México. ¿Cómo entrenar una policía militar? La Policía Militar que se intentaba organizar se haría con la asistencia de Brasil. Las pocas armas que se requerían para reabastecer a las nuevas fuerzas armadas tampoco se fueron a buscar a Moscú o a Praga. Las negociaciones se dirigían a Gran Bretaña, a Bélgica, a Italia, a España, a Yugoslavia (que no clasificaba como comunista y estaba estrechamente conectada con Estados Unidos) e incluso a Israel. Los documentos desclasificados muestran todas las presiones ejercidas por Estados Unidos sobre dichos países para que no vendieran armamento alguno a Cuba, con el propósito de que los dirigentes cubanos entonces tuvieran que optar por suministros militares de los llamados países “del bloque del Este y de la Unión Soviética” y así tener la excusa perfecta de “la amenaza hemisférica” y proceder a derrocar al gobierno revolucionario con una clara justificación.

e) Para fines de 1959 comenzaban los vuelos hostiles contra Cuba desde la Florida, el último cargamento de armamento belga era objeto del conocido acto de terrorismo conocido como La Coubre, nombre del barco. El explosivo C-4 -desconocido en Cuba hasta entonces- comenzó a proliferar en atentados terroristas hasta fines de 1960 suministrados por la Embajada de Estados Unidos. En este momento las bandas de alzados se hallaban sólidamente establecidas, principalmente en El Escambray, con abundante apoyo aéreo proveniente de Estados Unidos. De este contexto, a la invasión de Playa Girón (Bahía de Cochinos), mediaban unos pocos meses. Y todos conocemos su historia y consecuencias, aunque todavía Estados Unidos siga conservando en secreto documentos claves nunca publicados. Los factores decisivos de las victorias revolucionarias fueron, en lo esencial, dos: la mayoría del pueblo armado y movilizado y la obra de la Revolución, al margen de errores y extremismos.

f) El imaginario de la contrarrevolución es, posiblemente, uno de los mejores ejemplos de indigencia intelectual, política e imaginativa. Fue incapaz totalmente de ganar “la mente y los corazones” de los cubanos que mayoritariamente apoyaban a la Revolución. Si tuviera que resumirlo de alguna manera me atrevería a simplificarlo en la siguiente fórmula: regreso al pasado —preferentemente con Batista— y dependiendo por entero de los dictados, financiamiento y respaldo de Estados Unidos. Derrotado el terrorismo urbano, derrotadas las bandas armadas contrarrevolucionarias, derrotada la invasión de Playa Girón, el Plan Mangosta y las amenazas de la Crisis de Octubre, la contrarrevolución, para 1965, ya había pasado a ser una suerte de “historia antigua”.

g) Después de Girón, en el verano de 1961, Cuba procuró abrir un canal de negociación con Estados Unidos en Montevideo y negociar un arreglo, lo que la Administración Kennedy rechazó de plano; Cuba se mostró flexible y dispuesta a canjear, para fines de 1962, a los prisioneros de la fuerza mercenaria que nos invadió en 1961. Kennedy, hacia noviembre de 1963, se mostró dispuesto entonces a explorar las posibilidades de diálogo, gesto frustrado como resultado de su asesinato. Cuando la dirigencia cubana se mostró dispuesta e inició gestos exploratorios con la Administración Johnson, éste las interrumpió y ordenó el cese de todo diálogo para 1964.

h) Para abril de 1965, Johnson invadía la República Dominicana para aplastar el movimiento constitucionalista. Las fuerzas armadas norteamericanas se desplegaban, sin razón alguna, en un país hermano en la vecindad de nuestras fronteras; el enemigo se hallaba justo ante nuestras puertas. Una vez más reafirmaba su papel de enemigo principal.

5. ¿Qué puntos de contacto hubieran podido existir entre los imaginarios políticos de las partes en conflicto? ¿Qué elementos fueron irreconciliables?

¿Puntos de contactos o posibles elementos de negociación en aquel contexto entre las partes en conflicto? Ninguno. Por todo lo que se ha explicado, la única respuesta posible, repito, en aquel contexto (y con Estados Unidos como el enemigo principal), es que no existía base alguna para una aproximación semejante.

6. ¿Cómo considera el desempeño de la Iglesia católica dentro de este conflicto? 

El desempeño de la Iglesia católica entre 1959 y 1965 fue un desastre mayúsculo, derivado de su asociación histórica a los poderes dominantes en la sociedad cubana, ya fuera bajo la dominación colonial española o la neo-colonia de factura norteamericana. La Iglesia católica cubana se acompañaba de otros factores no menos agravantes: era una iglesia eminentemente compuesta por un clero blanco y sin un solo obispo negro, que repudiaba y condenaba la presencia de las religiones de origen africano. Las premisas para su marcada enajenación real de la sociedad cubana eran éstas y no ninguna prédica ateísta o posiciones anticlericales. Su más importante desafío en el contexto del llamado Congreso Católico Nacional en 1959 los llevó a otro error craso: a la interpretación de que aquella masa de cubanos allí congregada daría su respaldo abrumador y su sangre para respaldar la opción contrarrevolucionaria por la que la Iglesia se mostraba partidaria. Unos pocos lo hicieron; la mayoría optó por la Revolución, sin que aquello significara renunciar a sus creencias. ¿Cuántos sacerdotes católicos abogaron por una posición constructiva, de entendimiento y de marchar juntos? Sobran los dedos de una mano para contarlos, siendo su figura excepcional el padre Ignacio Biaín.
Las iglesias y la prédica católica, animada por un clero mayoritariamente no cubano, sino español, que buscaba reeditar en Cuba los episodios de la Guerra Civil Española o una versión corregida y ampliada de los “cristeros” en México, desembocaron en un fracaso total, conducente a un aislamiento sin precedentes y por largas décadas. Por otro lado, a partir del Pontificado de Juan XXIII, las relaciones entre el Vaticano y Cuba experimentaban una sensible mejoría. La Iglesia católica llegaba a su punto más bajo en 1965, al darle amparo y protección al asesino de un piloto de Cubana de Aviación, cuyo avión intentó secuestrar.

7. ¿Por qué piensa usted que no se impuso el diálogo?

En el complejo de circunstancias que he tratado de explicar, en apretada síntesis, la hipótesis del diálogo estaba más allá de cualquier posibilidad real en aquellos primeros años. La contrarrevolución armada había sido derrotada en lo fundamental, quedando sólo los exiliados más beligerantes y delirantes con sus esporádicas y fracasadas incursiones, mientras que Estados Unidos hacía fracasar las tres iniciativas de negociación (1961, 1963 y 1964).

8. ¿Cuáles fueron las causas que motivaron a una de las partes (la que había conquistado el poder) a establecer un modelo de corte marxista-leninista?

Las causas para la adopción de un modelo tal deben ser encontradas en la convicción de muchos dirigentes y cuadros revolucionarios de que semejante modelo era la alternativa más viable para dar respuesta a los grandes desafíos económicos, sociales y políticos de nuestra sociedad y de nuestra muy peculiar situación geopolítica. Con no menos convicción se razonaba que los desafíos de un bloqueo, las amenazas y agresiones, requerían de un sistema de alianzas internacionales capaz de asegurar apoyos indispensables que Cuba no podía resolver de otra manera.

En la adopción del modelo socialista y todos sus altibajos y fluctuaciones, influiría en medida decisiva, el recurrente factor de la amenaza y la injerencia externa, orquestada y sostenida por la visceral hostilidad de Estados Unidos, hasta nuestros días.

Esas alianzas internacionales se buscaron y se cultivaron durante décadas y hasta el día de hoy, en dos espacios geopolíticos bien diferentes. Por una parte, en los países que por entonces defendían el “neutralismo positivo” en representación del mundo post-colonial al que nos unimos desde entonces y que desde fines de 1961 conoceríamos como “No Alineados”. Dos de los principales dirigentes cubanos, el Che Guevara y Raúl Castro, visitaron El Cairo entre 1959 y 1960, completando el primero una gira más extensa por países afro-asiáticos. Hacia fines de 1959, se comenzaba a articular la alianza con el segundo espacio geopolítico, con los llamados países socialistas del Este de Europa y con la Unión Soviética. Los asideros económicos y defensivos de esta segunda alianza devenían más cruciales a la sobrevivencia y desarrollo posterior de Cuba, factor que incidió en la modelación socialista, con toda su carga de aspectos positivos y negativos.

9. ¿Cómo se insertó este conflicto doméstico en el contexto de la Guerra Fría? ¿Qué papel jugaron Estados Unidos y la Unión Soviética?

En aquellos años y circunstancias, y producto del sistema de alianzas internacionales en el que Cuba hizo descansar una parte crucial de su sobrevivencia y desarrollo, la derivación hacia el contexto mundial de la Guerra Fría era, en la práctica, inevitable. Ambas alianzas entrañaban diferentes niveles de conflicto y confrontación con Estados Unidos. Las acciones de esta superpotencia contra Cuba a escala bilateral y hemisférica, el fracaso de las gestiones negociadoras ya mencionadas, reforzaban esos niveles de conflicto y confrontación. Las derivaciones de la Crisis de Octubre y la estrategia de “crear dos, tres, muchos Vietnam” —aplicada consistentemente luego de las tensiones y peligros posteriores a la victoria en Girón— reforzaban la inserción de Cuba en semejante contexto conocido como Guerra Fría, tanto como aliado de la Unión Soviética, como por ser un factor independiente, desafiante y conflictivo a muchas de las acciones de la política exterior soviética.

Entre 1962 y 1965, habría ejemplos de sobra para sustanciar el argumento clave de que Cuba no era, ni sería jamás, un “satélite de Moscú”; ni que, mucho menos, su sobrevivencia fuera a depender del beneplácito soviético. La expulsión, a cajas destempladas, del embajador soviético en La Habana por su complicidad por el golpismo orquestado por Aníbal Escalante y sus partidarios, el choque frontal con las acciones soviéticas durante La Crisis de Octubre y sus negociaciones con Estados Unidos, el apoyo cubano a la acción armada en América Latina y sus choques con los partidos comunistas del continente, la salida golpista de Jruschov del poder en Moscú, el proyecto de la Conferencia Tricontinental, marcaban una dinámica de “choques recurrentes” de Cuba con la URSS, que muy poco tenían que ver con un supuesto “satélite de Moscú”.

10. A la luz de los años, ¿cuáles fueron los mayores errores que cometieron ambas partes y posibilitaron el estallido y mantenimiento de un conflicto agudo?

La pregunta sugiere una aproximación salomónica. Para mí —como partícipe de todos aquellos acontecimientos, antes y después de 1959— no procede una aproximación tal. De principio a fin, los errores van a la cuenta de una visión imperial y una práctica injerencista y agresiva al extremo, incluyendo los planes de atentado contra Fidel y otros dirigentes de la Revolución, y no empiezan con su bendición y apoyo a Batista en 1952. Desde el siglo XIX ha sido así, y perdón si parezco demasiado “muelero”. El desenlace revolucionario era inadmisible y su aplastamiento un patrón recurrente de parte de la política de Estados Unidos, con excepción del paréntesis representado por la Administración Carter y los dos últimos años de la segunda Administración Obama, con todas sus limitaciones en el proceso de normalización apenas iniciado.

Se reprocha a Cuba que hiciera fracasar la negociación iniciada por iniciativa de Kissinger en 1974 al intervenir en el conflicto de Angola. ¡Falacia mayúscula! No entro en pormenores. Hacía muy poco tiempo que Estados Unidos venía de cometer el gran crimen de la asonada golpista en Chile y ahora orquestaba una enorme operación encubierta para impedir el triunfo del MPLA en Angola, con toda clase de asesores, armamentos, millones de financiamiento y mentiras, según quedó demostrado en el famoso libro del jefe de la estación en Zaire, a cargo de dicha operación, John Stockwell. ¿Ayudar al MPLA para arruinar la exploración diplomática? Nada de eso; semejante ayuda fue un ejercicio de soberanía en defensa de amigos y hermanos desde hacía 15 años y en respuesta legítima a una agresión más de Estados Unidos. La OUA y el Movimiento de los No Alineados apoyaron y reconocieron como legítima la acción de Cuba. Otra prueba evidente fue la receptividad de Cuba y de la Administración Carter para dar los primeros pasos hacia una normalización sin aceptar ningún chantaje que implicara renunciar al apoyo a Angola.

Y acto seguido, ¿de quién partió la iniciativa para normalizar las relaciones e intercambios con la comunidad cubana exiliada en Miami si no fue de Cuba? Bernardo Benes, lo atestigua irrefutablemente, así como el señor Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional con Carter arruinaría posteriormente cualquier avance ulterior. Y si nuestros lectores quieren mayor documentación para determinar de parte de quién estuvieron los errores, será muy útil la lectura de Back Channel to Cuba, de los autores Kornbluh y LeoGrande.

¿Y acaso no fueron “errores” mayúsculos los episodios de Granada, todas las maniobras mediante el “linkage” para aislar a Cuba de cualquier negociación en torno a Angola? ¿Y acaso no fueron las acciones defensivas de Cuba y Angola las que forzaron el desenlace político-diplomático que cambiaría en su totalidad la geopolítica en el sur de África y el fin del Apartheid? Repito: los mayores errores van a la cuenta de las políticas de injerencia y agresión de parte de Estados Unidos.

jueves, 9 de febrero de 2017

El péndulo de Trump

Por: Alfredo Prieto
"Cincuenta años es suficiente", dijo a principios de septiembre de 2016. "El concepto de apertura hacia Cuba está bien". "Creo que está bien", repitió. Sin embargo, hizo un distanciamiento: "Pero debemos lograr un mejor acuerdo".
Es este, de entrada, uno de los problemas del pensamiento de Donald Trump, si se le puede llamar así. A menudo no suele tener definiciones claras y precisas. Usa y abusa de los tuits, espacios válidos para comunicar, pero que satura de mensajes simplistas y torpes que contrarían cualquier complejidad de lo político. En eso consiste, entre otras cosas, su aludida condición de outsider. Su estilo populista no es tan espontáneo como a menudo se asume: tiene gente detrás de la oreja. Y lo seguirá utilizando como hasta ahora, tanto para el muro como para botar a una funcionaria y descalificar a un juez federal, hablar de fraude o rechazar de manera enfática las encuestas que lo señalan como el presidente entrante más impopular en la historia moderna de los Estados Unidos.
Entonces no se sabía a ciencia cierta en qué consistía ese "mejor acuerdo". ¿Para quién o quiénes? --se preguntaban analistas y académicos. ¿Para el mundo empresarial norteamericano, en el que se supone sea un experto? ¿Para el interés nacional de los Estados Unidos? ¿Para los cuentapropistas cubanos, en expansión tras las reformas del General Presidente Raúl Castro? En cualquier caso, esas declaraciones estaban atravesadas por varias coordenadas, una de ellas sus conflictos con sectores dentro del GOP, para nada entusiasmados con la idea de que el hombre de la torre neoyorquina corriera como su candidato. Y, más en específico, con Marco Rubio y Jeb Bush --con los que cruzó varias lanzas en el torneo, algunas bastante fuera de lugar--, quienes se han opuesto siempre a cualquier cosa que se mueva o descongele de alguna manera la política hacia Cuba. Para decirlo rápido, Trump estaba, básicamente, en sintonía con el engagement.
Dicen algunos que las elecciones se parecen a las noches de ronda. A mediados de ese mismo mes, en un rally con sus partidarios en el Knight Civic Center, en Miami-Dade, dijo que revertiría la política hacia Cuba a menos que sus dirigentes permitieran libertades religiosas y liberaran a los presos políticos. Fue el primer anuncio concreto: liquidaría las órdenes ejecutivas de Obama, vistas como concesiones unilaterales. "El próximo presidente puede revertirlas, y eso es lo que haré a menos que el régimen de Castro cumpla con nuestras demandas". La clásica asimetría y los cabrones condicionamientos de una clase política, o de sectores dentro de esta, con demasiados problemas de memoria.
A fines de octubre se reunió con veteranos de la Brigada 2506. Para él, como para otros miembros de su partido, "el acuerdo había beneficiado a un solo lado". Volvía a subrayar así la idea de la unilateralidad, aunque --también como la otra vez-- a contrapelo de varias rondas de negociaciones que ya habían tenido lugar entre ambos países para abordar/resolver problemas de interés mutuo. Una lista que ahora incluye migración legal e ilegal, tráfico de personas, aplicación y cumplimiento de la ley, monitoreos sísmicos, áreas marinas protegidas, información meteorológica, búsqueda, salvamento y respuesta a derrames de hidrocarburos en el Golfo de México, entre otros temas. "Todos entendemos la seriedad de estas elecciones", dijo ante cámaras y micrófonos en un local de la calle 8, no lejos del restaurante Versailles. "Se decidirán muchas cosas en nuestro país durante los próximos cuatro años, incluyendo la dirección que vamos a tomar en nuestra política hacia Cuba (…). Lo que ustedes piden es correcto y justo. Los Estados Unidos no deben apuntalar al régimen cubano económica y políticamente, como lo ha hecho del presidente Obama y Hillary Clinton continuará haciendo a cambio de nada".
Entonces declaró a una emisora del sur floridano: "Vamos a tratar a la gente de Cuba bien, justamente debería haber un acuerdo, pero tiene que funcionar para todo el mundo. Castro tiene ahora la mejor parte de todos los acuerdos, han podido mantener esto durante mucho tiempo. Los Estados Unidos no han actuado bien en esto sino de manera muy tonta, parecen niños". Llegó incluso a descalificar a los diplomáticos y técnicos norteamericanos, marcando la línea distintiva: "Nosotros vamos a tener a verdaderos negociadores que hablarán de libertades civiles y de las cosas que hay que hablar, eso es lo que queremos". Esta parte estaba clara. Pero quedaron dos bastante imprecisas: "tratar bien" y "para todo el mundo".
Con la muerte de Fidel sobrevino otro timonazo. Para empezar, arremetió contra la bestia negra. Como Sadam Hussein. Como Muammar Khadaffi (para muchos, dentro y fuera de su partido, Vladimir Putin también forma parte de esa lista; para Trump, no). "¡Fidel Castro está muerto!", tuiteó a las 5.30 am del 26 de noviembre. Y después se explicó a sí mismo echando mano a un argumento que, aparentemente, había dejado en el tuitero en aquel principio: "el legado de Fidel Castro es pelotones de fusilamientos, sufrimiento inimaginable, pobreza, y negación fundamental de los derechos humanos". Y se montó en el corcel del Gulag tropical con la armadura de la Guerra Fría: "mientras Cuba siga siendo una isla totalitaria, es mi esperanza que el día de hoy marque una movida que la aparte de los horrores que han durado mucho tiempo, y hacia un futuro en el que el maravilloso pueblo cubano pueda empezar finalmente su viaje hacia la prosperidad y la libertad". Y lo reiteró una vez más: "Revertiré las órdenes ejecutivas de Obama y las concesiones a Cuba hasta que las libertades sean restauradas".
Dos días después, el 28 de noviembre a las 6.02 am, otro tuit: "Si Cuba no quiere hacer un mejor acuerdo para el pueblo cubano, el pueblo cubano-americano y los Estados Unidos como un todo, terminaré el acuerdo". No dice que lo va a tumbar indefectiblemente --aunque condicione su existencia. Y ahí está el detalle. Cualquiera podría suscribir la idea de que en una negociación ambas partes siempre quieren lograr mejores acuerdos. La cuestión, sin embargo, es que no se explicita: el mensaje es, cuando menos, anfibológico. Además, concentrándonos por ahora en su propio terreno, el pueblo cubano-americano no es un monolito, como tampoco el norteamericano. Según una encuesta de FIU de septiembre de 2016, la mayoría de los cubano-americanos se oponen al embargo (63%), y en los comprendidos entre 18 y 59 años el guarismo se eleva al 72%. Y también favorecen las relaciones económicas con Cuba (57% en general y 90% de los nuevos emigrantes). Similarmente, las mediciones a nivel nacional vienen marcando de un tiempo a esta parte una tendencia creciente a la aprobación de las relaciones y vínculos comerciales. Una de CBS/New York Times, implementada durante la visita de Obama, arrojó que 6 de cada 10 norteamericanos aprobaban la nueva política, y que el 62% pensaba que la relación comercial sería mayormente beneficiosa para los Estados Unidos.
En este sumario inventario de tuits y declaraciones están contenidas, de algún modo, las tres caras de Eva de esta administración en cuanto a política hacia Cuba se refiere. Con una importante salvedad a la hora de cualquier análisis: esta no puede limitarse a su componente discursivo, toda vez que la modulan/modifican factores como los partidos, el Congreso, los grupos de cabildeo, el poder judicial y la opinión pública, entre otros. De cualquier manera, valdría la pena intentar caracterizarlas.
La primera, que llamo la ortodoxa, la encarna el vicepresidente Mike Pence. "Cuando Donald Trump y yo estemos en la presidencia, vamos a revertir las órdenes ejecutivas de Barack Obama", dijo ante un grupo de republicanos, prometiendo mantener el embargo/bloqueo a partir de la misma lógica de a menos que. Sus records de votación en la Cámara de Representantes sobre Cuba son todos consistentes con la línea de apretar la tuerca.
La segunda, la ecléctica, la representa el secretario de Estado Rex Tillerson, a juzgar por sus declaraciones ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Si lo ratificaban --aseguró-- continuaría el engagement con Cuba, "pero presionando la reforma de su régimen opresivo". Y: "si soy confirmado, presionaré para que Cuba cumpla su compromiso de convertirse en más democrática y consideraré poner condiciones (en términos de) políticas de comercio y viajes para motivar la liberación de los presos politicos". Ambas distinciones sin embargo casi se quiebran de puro sutiles: ahí mismo se pronunció por "revisar cuidadosamente" los criterios por los cuales Cuba fue sacada de la lista de países promotores del terrorismo.  Y también dijo: "nuestro acercamiento reciente con el gobierno cubano no estuvo acompañado por concesión alguna en derechos humanos". Por último, aconsejaría al Presidente vetar cualquier medida contra el embargo.
La tercera, la amable, la protagoniza el abogado Jason Greenblatt, ex vicepresidente ejecutivo de la Organización Trump y ex funcionario-jefe legal.  Nombrado por el presidente en enero como Representante Especial de los Estados Unidos para Negociaciones Internacionales. De acuerdo con Jewish Business News, lo designó para ocuparse "del proceso de paz israelo-palestino, las relaciones con Cuba y acuerdos comerciales". Según un reportaje de la revista Newsweek, estuvo por primera vez en la Isla a finales de 2012 o principios de 2013, junto a Larry Glick, vicepresidente ejecutivo para el desarrollo estratégico de la Organización Trump, Edward Russo, su consultante medioambiental, y Ron Lieberman, otro de sus técnicos. Las dos palabras claves son aquí hoteles y campos de golf, estos últimos polémicos cursos de acción del gobierno cubano, recogidos en uno de los Lineamientos y hasta ahora concretados en proyectos con inversionistas británicos, chinos y españoles. Aunque por razones obvias, a su regreso a los Estados Unidos todos los hombres del Presidente guardaran silencio o camuflaran sus viajes prospectivos con actividades como "bird-watching" y "checking out some habitants", algo que bien pudo haber figurado en la afilada mira de Jon Stewart, el humorista político del programa televisivo The Daily Show.
En Greenblatt concurren ciertas circunstancias. En primer lugar, sus orígenes. "Somos de herencia cubana, nuestro abuelo nació y se crió allá", confesó.  En segundo, su promoción de los contactos bilaterales, sobre todo --aunque no solo-- entre adolescentes y jóvenes. "Estamos buscando formar conexiones más profundas con adolescentes cubanos por la vía de la comunicación, y por compartir experiencias y vínculos", posteó una vez respaldando, de hecho, la política people-to-people y los viajes a Cuba. "Una oportunidad para gentes que viven tan cerca, y sin embargo tan distantes, de reunirse de manera inspiradora". En 2014 escribió en InspireConversation --un blog creado por él mismo para fortalecer los vínculos entre padres e hijos menores de edad-- que la alocución de Obama sobre el restablecimiento de relaciones con Cuba abría "un tiempo fascinante en la historia". Finalmente: "Mi filosofía, tanto en los negocios como en la vida, es que unir a las gentes y trabajar por unirlas es el camino más fuerte para alcanzar el éxito".
Con la llegada al poder de la nueva administración, no hubo pronunciamientos oficiales sobre el tema hasta el pasado 3 de febrero. Respondiendo a la pregunta de una periodista de la NBC de Miami, el secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que estaban en un proceso de revisión completa (full review) de todas las políticas hacia Cuba, y que los derechos humanos estarían en el centro.
¿Cuál Trump? ¿El multimillonario hombre de negocios o el político? --eran las interrogantes antes de que se sentara en la Oficina Oval de la Casa Blanca con sus nuevas cortinas doradas al fondo.  Imprevisible en efecto sobre un podio, pero desde su misma toma de posesión la diferencia entre lo pintado y lo vivo es tan fina que prácticamente no existe. La Biblia lo dice: "por sus obras los conoceréis" (Mt 7,15-20). Obamacare. Muro con México. Salida del Acuerdo Transpacífico. Revisión del NAFTA. Anuncio, de hecho, de una posible guerra comercial con el vecino del Sur, uno de los principales socios comerciales de los Estados Unidos. Políticas antinmigrantes y antirefugiados a partir de una definición peculiar de la seguridad nacional. Un politólogo lo caracterizó de la siguiente manera: "un tren descarrilado que desafía nuestras nociones de gobierno, tal y como las conocíamos hasta hoy". Los profesionales de la Psicología aportan otro ángulo: un individuo que padece una enfermedad llamada Desorden de Personalidad Narcisista, rodeado de ideólogos y raptors cuya función no consiste, en rigor, en asesorar al Presidente, sino en otra cosa --aunque estén plagados de contradicciones internas.
Con estas trazas, se impone ahora otra pregunta: ¿resultará suficiente la cantidad de cemento que le echaron a la relación ambos gobiernos antes de la salida de Barack Obama?
¿Cómo será --siguiendo una tonada de Willy Chirino-- cuando anuncien el full review?
Que levante la mano la guitarra, dice otra de Silvio.
Miami, 8 de febrero de 2017

miércoles, 8 de febrero de 2017

Cacería de ¿brujas?

Gente valiosa, que ha pretendido aportar desde sus conocimientos y posibilidades al necesario debate nacional, en los últimos meses han sido objeto -una vez más, porque viene siendo una práctica cíclica- de ataques para su descrédito desde posiciones extremistas, dogmáticas y fanáticas.

Primero la emprendieron contra el proyecto "Cuba Posible", una interesante plataforma que da espacio a variadas opiniones sobre el futuro de la nación cubana desde posiciones tan diversas como respetuosas. 

Después la arremetida fue contra Elaine y su equipo quienes, desde su Periodismo de Barrio, han brindado una visión más aterrizada de las muchas dificultades que aún subsisten, lejos del triunfalismo acostumbrado de los medios nacionales (que problema ese de no llamarles "oficiales"!)

Más tarde fue contra Fernando Ravsberg y sus "Cartas desde Cuba", en cuyas páginas se pueden encontrar con más facilidad una gran variedad de informaciones y enfoques importantes sobre el país, que se hacen difícil de identificar entre tanto flujo en internet.

Ahora los ataques van contra el persistente Harold Cárdenas y su gente de "La Joven Cuba" quienes, desde una visión más juvenil y revolucionaria, llegan a la Cuba profunda que tenemos que retomar para hacer de nuestro proyecto algo verdaderamente atractivo y renovador.

Puede ser que uno no esté de acuerdo con todo lo que se dice desde las diversas plataformas que se han creado de forma informal, pero sin dudas le dan una riqueza al pensamiento nacional de estos días que lo muestra tan variopinto como la vida misma. 

Sin embargo, algunos se empeñan en el feo trabajo de sacar los trapos más sucios, denunciar sus posibles contradicciones internas y acusarles de lo más temido en ese contexto: recibir fondos "dudosos", "del enemigo", y poner en peligro a la Revolución.

Poco favor se hace un proyecto que quiere renovarse -al decir de su Presidente, en la unidad dentro de la diversidad- si se basa en la exclusión y el descrédito a una parte valiosa de sus intelectuales y jóvenes. Muy poco revolucionario se presenta una equivocada cacería a supuestas brujas, cuando la verdadera batalla ideológica y política -ahora más que nunca- está en demostrar la justeza y validez de un proyecto incluyente y participativo.

viernes, 27 de enero de 2017

El cuarto poder?

El mito del periodismo como cuarto poder es un cuento. O, mejor dicho, el cuento del periodismo como un poderoso instrumento político alternativo es una mentira. Porque el periodismo siempre responde al poder, a algún poder. Quien no lo entienda así será vapuleado hasta el descrédito, que es el fin del periodismo.

Si no, qué fue lo que pasó con el periodismo tras el desplome de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001? O, por solo citar ejemplos extremos, tras el asesinato del Presidente JFK en Dallas en 1963? El periodismo amordazado, manipulado a los antojos del poder y abierto a un escandaloso escrutinio todo aquel que cuestionara la versión "oficial", so pena del ridículo.

Ejemplos también tenemos muy cerca. En algunos países suele ser más solapado que en otros. En algunos momentos puede ser más evidente que en otros.