Mostrando entradas con la etiqueta otros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta otros. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de junio de 2017

Tener los días contados

Mi amigo Pedro Antonio tenía los días contados. Él lo sabía - tras aquella cirugía a corazón abierto de la que pensó que no saldría- y se burlaba cada vez que podía. Por eso vivía con más ganas que nadie, intensamente como se lo permitían sus posibilidades. A veces se le olvidaba y hacía cosas que le volvían a recordárselo: "tus días están contados, Pedro!".

Yo no lo conocí en sus años de gloria, cuando era un personaje de la cultura en su natal Santiago y tenía poder, recursos, influencias. Tampoco cuando, ya en la capital, estaba consciente de que era mejor ser "cabeza de ratón" que "cola de león". Yo lo conocí ya cuando era un simple poeta destronado -otro más- y dedicaba las fuerzas que le quedaban, o las pocas influencias que había conservado, en hacerle el bien a los demás, en promover lo que podrían ser futuros talentos, en reconocer a los olvidados. 

Hablábamos y oirle era como escuchar la voz de la experiencia, desde su amplia historia personal. También reirnos, con su implacable ironía y el nunca perdido acento santiaguero. Regalaba sus pinturas, que daban en la diana. Escribía y leerle era una sentencia bien pensada, un legado para el futuro.

Todos tenemos los días contados; aunque no queremos enterarnos, aunque no hayamos tenido eventos que nos lo recuerden. Mi amigo Pedro Antonio sí lo tuvo y se dedicó con todas sus fuerzas a ser un hombre bueno, a encontrar alternativas para hacerle a los demás la vida más potable. Tal vez sin quererlo se dedicó a ser un hombre inolvidable.

Foto: Regalo de reunión

jueves, 23 de febrero de 2017

Esa gran plaza de toros que es La Habana

En La Habana caminar por la calle es un placer que se extiende cada vez más. La justificación es que las aceras están en muy mal estado... como si las calles estuvieran mejor!

Aunque en 1899 el gobierno interventor americano prohibió la corrida de toros en Cuba -por suerte, algo que se agradece!- cubanos y cubanas han demostrado llevar en la sangre un fuerte componente ibérico para demostrar su estirpe, mejor que el famoso Masantín. Jóvenes, adultos y ancianos, muchas veces hasta con niños en brazos o en carritos, desafían los más diversos peligros de la vía pública para practicar esa vieja tradición del tiempo colonial: torear! Y Oleee! Ahora con mayor peligro para sus vidas: ante carros y motos.

No importa que sea en la céntrica calle 23, en la caótica 10 de Octubre o la peligrosísima Vía Blanca, la gente se lanza al ruedo, lo mismo para parar carros -ahora con más desesperanza con las nuevas regulaciones, con brazos alzados en medio de la calle-, que para cruzar semaforos, jugar a lo que sea o simplemente pasear, porque los toros les tienen que respetar. Es una frenética competencia entre humanos y animales de la cual, gracias al poder divino y a la habilidad Ibérica que han desarrollado los habitantes de esta ciudad, la gran mayoría de las veces salen ilesos. 

Solo la gran mayoría de las veces. Porque si no hay más accidentes fatales en La Habana es porque los choferes hacen maravillas para sortear baches, almendrones, ausencia de señales visibles, escombros, guaguas largas y desenfrenadas... y toreros!

miércoles, 15 de febrero de 2017

Día del amor... ¿y la amistad?

Cada vez que llega el 14 de febrero, con toda la carga promocional que le acompaña, no deja de sorprenderme la insistencia de tantas personas a aferrarse a conceptos y definiciones. Que si el amor, que si el querer, que si enarmorarse, que si la fidelidad, que si el placer, los celos, el desamor... es una lista interminable.

Qué manera de complicarse la gente tratando de entender algo tan humano como el amor. Qué rollo para enredarse en dejar bien clara la diferencia entre el amor y la amistad. No parten ambos del mismo sentimiento? A mi esa insistencia siempre me ha dado un tufillo homofóbico, porque no se ve bien eso de que yo ame a un amigo. Eso puede sonar a pajarería (o a lesbianismo, en el caso de las mujeres). Entonces hay que dejarlo claro: amar es una cosa y la amistad es otra. Y por eso hay que crear la etiqueta: celebrar el día "del amor y la amistad". Qué ridículo!

Hay una variante peor, más simple y excluyente: celebrar el "día de los enamorados"; entendiéndose como tal, por supuesto, a la pareja (solo dos, claro) monógama y heterosexual, tal como lo impone nuestra tradicional cultura machista. Todavía se pueden observar muchas expresiones de esa naturaleza, desde nuestros centros comerciales hasta en la televisión nacional. Siendo honestos, no se ha avanzado casi nada al respecto.

Soy de los que no me gusta marcar días específicos para sentimientos tan grandes. Pero si queremos celebrar algo debe ser esa hermosa capacidad humana de amar a cuantas personas pueda uno encontrar a su paso, sea aquella (o aquellas) con quienes compartir lo más íntimo, sean sus amistades, sus vecinos, sus colegas de trabajo, sus familiares... porque el amor es asi, tan amplio que no cabe en un concepto.

jueves, 26 de diciembre de 2013

La patria chica

Yo soy un inmigrante. Entré por el túnel de la bahía de La Habana en un viejo Chevrolet Impala de la mano de mis padres cuando aún no había cumplido los 4 años… y cuentan como chiste que mi primera expresión fue: “¡mami, mira una casa flotando en el río!”, sorprendido al ver un barco en el malecón.

Mi padre fue uno de los convencidos a aportar más sus energías aquí, en La Habana, y dejar atrás sus raíces en nuestro natal Camagüey. No siguió el argumento de mi abuelo materno, quien nunca dejó la ciudad de los tinajones –a pesar de ser un famoso arquitecto, laureado por el Colegio de Arquitectos de La Habana y con algunas de las mansiones más bellas del reparto Vista Hermosa en su currículum– porque decía que prefería ser “cabeza de ratón y no cola de león”.
El país había cambiado. Empezaban los años 70 y era la época en que la capital necesitaba el aporte de personas que venían desde el interior, ante los numerosos programas sociales en marcha y la ausencia de muchos de sus habitantes, quienes prefirieron la emigración hacia el exterior antes que verse envueltos en tanto ajetreo. Porque La Habana no siempre estuvo “que no aguanta más”.
Nunca he podido evadir mi condición de inmigrante. Al principio, porque me ponían a leer todos los comunicados en la escuela, con la admiración de las maestras: “¡tiene una pronunciación impecable! claro, es camagüeyano”. Y es que Camagüey se precia de hablar el mejor castellano del archipiélago nacional –aunque Aimé Amargoz se esmere en tratar de demostrar lo contrario todos los días en el noticiero de televisión.
Aunque después mi pronunciación se acostumbró al chapurreo habanero, nunca oculté mi origen –dicen que somos muy orgullosos– y era “el guajiro” del grupo. Y me delataba en los debates de pelota en la Universidad cuando, en medio del furor industrialista, yo permanecía impasible… “¡imagínate, es camagüeyano!”, decían.
Recuerdo que hace unos años, por razones de trabajo, estaba en la cabina de transmisión de Radio Rebelde durante uno de los partidos del mundial de pelota que se estaba realizando en Holanda. En medio del juego, Eddy Martin y Héctor Rodríguez me dieron el micrófono para comentar en vivo a la audiencia en Cuba algunos detalles sobre la organización de los juegos… hasta que me preguntaron “¿y de dónde tu eres, cuál es tu equipo?” “¡De Camagüey!” respondí con orgullo. Hubo un silencio cómplice… y se acabó la entrevista.
Hace unos días volví a sentir esa impresión que nos inunda por momentos a casi todas aquellas personas que hemos emigrado, rozando la nostalgia, pues por primera vez decidí acompañar a mi padre a una de sus reuniones de guajiros camagüeyanos. La Presidenta del gobierno provincial y el Secretario del Partido en Camagüey querían tener un encuentro con “los camagüeyanos ausentes”, ahora en La Habana. Qué gentiles.
Ya había tenido noticias –por amistades allá– de las transformaciones que estaban haciendo en el territorio, de sus programas de radio a micrófono abierto donde se habla de lo humano y lo divino y que ambos han formado un binomio telúrico.
Por muchos años, hasta que supe de ellos, no había oído a nadie en Camagüey hablar con admiración de sus dirigentes y no podía perderme la oportunidad de verles de cerca. Y parece que mi curiosidad era compartida, porque el teatro del MINSAP estaba repleto de gente.
Me dieron buena impresión los dos dirigentes. No eran perfectos, pero tampoco debían serlo. En las pocas horas que estuvimos allí me parecieron gente aterrizada, operativa, con disposición de escuchar, con conocimiento de muchos de los problemas y ganas de hacer algo por resolverlos… y eso está bien, por ahí empiezan las cosas.
De todas formas, ella necesita un cursito sobre temas de género, por reiterar algo ya obsoleto y patriarcal como “las damas primero” y por la necesidad de que nuestros dirigentes acaben de usar un lenguaje de género, para forzarnos a terminar con la invisibilidad de la mujer, una trampa a la que nos tiene habituados esta lengua machista.
Él no habló mucho, clausuró la reunión con un discurso retórico –demasiado previsible para un dirigente político tradicional– que hizo pensar que estando en la capital no se sentía cómodo, en su espacio. Porque mucho he escuchado de sus batallas nada formales en la acción de su cargo.
Más de 400 personas escuchamos al historiador de la ciudad presentar los proyectos de remozamiento del centro histórico de Camagüey, que se han desarrollado con el nombre de Ciudad 500, para celebrar en febrero próximo el medio siglo de fundación de la ciudad.
Aunque no guardo muchos recuerdos de la tierra que me vio nacer –mis recuerdos son, sobre todo, de viajes posteriores–, no puedo negar la emoción que sentí al ver las transformaciones en la calle República, los proyectos en Maceo, el nuevo bulevar, el callejón temático de cine junto al Casablanca, las restauraciones de ciudadelas, el remozamiento de hospitales y policlínicos, los cambios en el Casino Campestre… todos callamos impresionados.
Muchas personas hablaron, gente importante y gente de pueblo. Fue el momento en que se desataron las nostalgias, los recuerdos, los deseos.
Algunas hablaron del pasado, otras elogiaron el presente, las personas más ilusas reclamaron un equipo de pelota poderoso –como si los dirigentes tuvieran una varita mágica– y las más exigentes reclamaron apoyo para un vagón de tren que les llevara a las celebraciones del 500 aniversario. Mireya Luis, acompañada de un grupo de famosos atletas, expresó su disposición a apoyar con su experiencia los programas deportivos populares que se están implementando y donó tres pelotas originales de vóley con el mismo destino.
Pero hubo una señora que destrozó mi coraza capitalina y dejó al descubierto mis vestigios de inmigrante. Una mujer humilde, ya retirada, habló con el corazón. Comentó su experiencia de traída de niña y de los azares de la vida –tan caprichosa– que la han forzado a esta emigración involuntaria, para nunca más haber retornado en 50 años. Sin embargo, dijo, quería que sus huesos reposaran allá de vuelta.
Sin dudas, la emigración puede ser muy dura para mucha gente y dejar emociones insospechadas. Me pareció tener un deja vú ante sentimientos tan fuertes y pensé otra vez: soy un inmigrante.

El teatro del MINSAP repleto de camagüeyanos "ausentes"

Los dirigentes del Camagüey en La Habana

Mireya Luis aportando a los programas deportivos de Camagüey
 

jueves, 29 de agosto de 2013

Surrealismo

Miércoles. Me despierta el teléfono… ¡mi jefa! Nos vemos en la tarde, despacho impostergable. Desayuno frugal. Mi padre que le busque no-se-qué en la farmacia… No puedo ahora, viejo ¡ya voy tarde pa’l trabajo!

Parada infernal. No, mijo, hace rato no pasa nada. Y el NTV dice que han puesto guaguas nuevas. Lo soñado. Mejor me siento… ¡qué calor hace! Ni siquiera afloja por la mañana. Cada agosto nos parece que es peor que el año pasado.

¡Dobló la 20! Niño ¿esa guagua para aquí? Si, señora. Bueno, si quiere. Caminen, caballeros, que queda gente abajo. Oye, compadre ¿tienes los 40 centavos? No, yo también tengo un peso. Si quieres no pagues. Gracias. Chofe, abre atrás, para que todo el mundo suba… vaya, el dinero.

Este tipo no es guagüero, ni es ná ¡es camionero de cooperativa! ¿Se pensará que lleva ganado aquí? Entre los frenazos estos y como cogió la curva de la Universidad ya me siento una vaca… o un puerco. ¡Qué calor!

Amalgama de brazos, pechos, muslos, sudores. Un pasito caballero, que me quedo en la próxima. Codos, espaldas, mis espejuelos enredados en el pelo de una muchacha, respiración de alguien en mi nuca ¡Y esta vieja como empuja! Y me está tirando contra el mulato que tengo alante... ¡coño, que bueno está el mulato este! ¡Cómo no me había fijado! Empuje, señora ¡empuje! Lo siento de pies a cabeza... está macizo. Y que bien huele. Álvaro Torres a todo lo que da: “Voy a pedirte de rodillas que regreses junto a mí, porque soy de tiiiii…”

Levanto la cabeza por encima de todo el mundo, tengo que pensar en otra cosa, necesito aire… y la veo, pegada en el techo de la guagua: una pegatina blanca, con la silueta de Martí y un pensamiento lapidario: “Lo extraordinario une a los hombres”.

¡Cuánta razón tenía el Maestro!

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Almendrones


Los almendrones han proliferado en La Habana como gremlins después de un buen aguacero.

Tras los cambios económicos en Cuba de 2011, y la crisis en que ha recaído el transporte en la capital en los últimos años, los tranques en L y 23 en horarios picos forman filas de almendrones que llegan hasta la Universidad – gracias también a las guaguas de turismo, que se atraviesan frente al Habana Libre y forman un verdadero caos en el mismo centro de La Habana.

Pero aunque han llegado más de los mismos viejos carros americanos de los años 50, unos en mejor estado y otrosque dan grima, algo novedoso ha caracterizado a esta oleada de almendrones: ¡parece que han hecho un "casting" para escoger a los choferes de taxis particulares!

Antes, los viejos choferes de carros de la "Anchar" parecían tan viejos como los mismos carros. Ahora, una gran parte de estos fotingos están conducidos por jóvenes, bien alimentados y curtidos por el sol, con una belleza natural – sin los artificios de gimnasios, puestos de moda últimamente –, que bien podrían ser escogidos para revistas fashion y chismes del corazón.

Muchos de ellos, evidentemente, son guajiritos acabados de aterrizar en la jungla del asfalto, a veces hasta tímidos, a quienes en ocasiones hay que indicarles la ruta, porque tal parece que no se han quitado aún los ariques y se sienten aturdidos entre el tráfico y el tumulto de gente en la capital.

Estoy seguro que los artífices de los cambios económicos en Cuba nunca se imaginaron que tales medidas iban a tener como resultado esta explosión de belleza masculina cubana, en todo su esplendor. A tal punto que, en muchas personas, nos ha creado la expectativa de cuál será la nueva maravilla del próximo taxi a parar.

Pero nada de críticas. Sean bienvenidas las nuevas medidas, sobre todo porque han traído sorpresas juveniles tan agradables para el ornato público, en una ciudad y en unos carros que poco han cambiado desde los años 50.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Feliz año nuevo! Adiós viejo año.

Acercarse al año nuevo genera, en la mayoría de las personas, mucha expectativa: nuevos sueños, nuevas promesas, nuevas posibilidades… y por eso brindamos, preferiblemente con champán (o cidra, que viene siendo su sustituto habitual, porque la champaña está perdida o demasiado cara), comiendo congrí, puerco asado y yuca con mojo. Ah! Y turrón… que aunque le han subido el precio, es de buen gusto y sabe muy rico.
Pero entre tanta alegría nos olvidamos (consciente o inconscientemente) que también termina un año viejo, que pudo haber traído alegrías, pero también tristezas, retos no alcanzados, frustraciones por promesas incumplidas, malestares rutinarios o nuevos (porque el tiempo pasa y se hace sentir)… por eso mejor no recordarlo mucho, no vale la pena detenerse en eso.
Sin embargo, este año que termina a mí me trajo sorpresas impresionantes, que no puedo ignorar. Nunca imaginé el cambio que me iba a dar el 2011 en mi vida… así, de repente, casi sin pensarlo y sin mucho tiempo para reflexionar.
Por eso esta época del año me gusta. A pesar de los sinsabores, uno se pone algo filosófico y, de alguna manera, sirve para hacer un balance de lo que has logrado y lo que falta por hacer. Cuando hay cambios tan dramáticos en la vida –por lo importante, no porque haya sido trágico, válgame Dios! (como dicen)–, más vale enfrentar con optimismo los nuevos retos… y que sea bienvenido el 2012!
Feliz navidad y próspero año nuevo!

jueves, 29 de julio de 2010

Suid-Afrika

La larga e intensa temporada del mundial de fútbol en Sudáfrica y, más recientemente, la celebración del 92 cumpleaños de su líder indiscutible, Nelson Mandela, me han hecho revivir el extraordinario privilegio que tuve de participar en la Misión de Observación de las Naciones Unidas para las elecciones en ese país (UNOMSA, por sus siglas en inglés), que se desarrollaron del 26 al 29 de abril de 1994.

Fueron esas las elecciones que crearon la “Nueva Sudáfrica” -como ellos mismos le llamaron-, las que hicieron desaparecer definitivamente el oprobioso régimen del “apartheid” y las que llevaron, con mayoría abrumadora, a Mandela y al Congreso Nacional Africano (ANC) a la Presidencia.

Muchas fueron las emociones en esos días y el hecho de ser la primera vez que tomaba un avión, o que tenía un pasaporte en mi mano, fue insignificante ante el momento histórico que me tocaría vivir. Un par de años me faltaron para haber sido internacionalista en Angola, pero me tocaría la experiencia de vivir el resultado más atronador de sus batallas.

Llegamos a “Jo-burg” -como le dicen allí a Johannesburgo- en la mañana del 20 de abril y, en aquel entonces, Sudáfrica era un gran misterio para todos. Lo primero que me impactó fue ver una ciudad enorme, moderna y limpia, similar a las fotos de cualquier ciudad europea (particularmente Ámsterdam, con sus construcciones inconfundibles)... pero negra, predominantemente negra. Los blancos eran una insignificante minoría.

Tras varios días de entrenamiento sobre la nueva ley electoral sudafricana y el trabajo que realizaríamos, a los miles de observadores de Naciones Unidas nos distribuyeron por todo el país. Me enviaron a la nueva provincia de Natal-KwaZulu, que incluye el territorio “zulú” -dominado entonces por del movimiento “Inkatha” de Mangosutu Buthelezi-, quienes no aceptaban los términos de la incorporación a la nueva República y provocaban sangrientos enfrentamientos en las calles de sus principales ciudades.

Sin embargo, afortunadamente se logró un acuerdo con Buthelezi justo el día que arribamos y Durban resultó ser una ciudad impactantemente bella, con su “costa dorada” frente al Océano Índico y una considerable inmigración india. Supe después que, como parte de la comunidad de colonias británicas, ese era un puerto de mar con mucha inmigración india, donde Mahatma Gandhi pasó 20 años de su vida y donde se fundó, en 1912, el Congreso Nacional Africano (ANC) para impulsar la lucha por los derechos de los negros.

Mi destino fue Kokstad, un pequeño pueblo de blancos al sur de la provincia, donde compartí junto a sudafricanos de todas las razas y extranjeros la emoción del día que se izó por primera vez la bandera multicolor de la nueva Sudáfrica, cuando se cantó por primera vez el nuevo himno y cuando desaparecieron definitivamente los infames “bantustanes”(*).

Allí conocí a un soldado del ejército sudafricano que combatió en el frente de Angola y había sido preso por las tropas cubanas, que trabajaba como cantinero en el hotel donde me alojaba. Blanco y robusto, a todas luces descendiente de “bóers” (conquistadores holandeses, conocidos también como “afrikáners”), me confesó que guardaba una profunda admiración por Fidel y por los soldados cubanos, pues “fueron a Angola por un ideal, y lo defendieron hasta la muerte” mientras ellos habían ido allí por dinero.

Kokstad está muy cerca de la frontera entre Natal-KuaZulu y el antiguo “bantustán” del “Transkei” -ahora parte de la provincia El Cabo Oriental-, en una árida meseta a más de 1500 metros sobre el nivel del mar, donde realicé mi trabajo. El “Transkei” fue el primer “bantustán” que tuvo gobierno propio, en 1963, y es territorio de tribus “Xhosas”; sus habitantes viven mayoritariamente en “quimbos” redondos de paredes de tierra, usan un peculiar dialecto musical y los hombres tienen las caras marcadas por cicatrices lineales, con símbolos que sólo ellos son capaces de descifrar.

Pero el “Transkei” es, sobre todo, la patria chica de Nelson Mandela, que nació cerca de Umtata, la capital del antiguo bantustán, y es descendiente de las tribus “xhosa”. Al ser la primera vez que ese pueblo segregado tenía la oportunidad de elegir a un Presidente para la nueva República unida, no había dudas de quién era el candidato de todos, quienes tampoco tenían dudas de la victoria.

Y si emocionante fue sentir ese orgullo por su líder, más emocionante fue atestiguar el cariño y el agradecimiento que sentían por Cuba y por Fidel.

La primera sorpresa la tuve el día que iniciamos nuestros trabajos, cuando fuimos presentados ante el Alcalde de Mount Ayliff, el caserío principal de la región que nos correspondía inspeccionar. Cuando terminó la parte ceremonial de la sencilla actividad, alguien se me acerca y me susurra al oído, en perfecto cubano: “Asere, ¿qué bolá? El Yara y el Coppelia, ¿cómo los dejaste?”. El Alcalde, un corpulento xhosa que había estudiado medicina en Cuba, había aceptado administrar la comarca mientras seguía ejerciendo su profesión desde esa responsabilidad. Muy seguro me dijo que en Cuba también había aprendido a ejercer el “multioficio”.

A la mañana siguiente, cuando nos disponíamos a revisar los colegios electorales, fuimos interceptados en medio de un camino sin carreteras por tres camionetas atestadas de personas, reclamando con enojo las boletas electorales que no habían recibido. Tras apaciguarlos, con las explicaciones de rigor, nos preguntaron la nacionalidad… y mi acompañante -con mucho orgullo- se presentó como ciudadano de los Estados Unidos de América, lo cual fue recibido con aprobación.

Sin embargo, al mencionar yo la palabra CUBA el líder del grupo mostró su mejor cara de regocijo y gritó, para que todos lo oyeran: “¡Cuba! ¡Fidel Castro! ¡Nuestro camarada!”… de repente, varios de ellos me alzaron por encima de sus hombros y empezaron a gritar, dando brincos y con sus puños en alto: “¡Mandeeela! ¡Cuba! ¡Fidel!”. A partir de entonces, cada vez que llegábamos a cualquier lugar y nos preguntaban la nacionalidad, mi acompañante decía sin dudar: “Yo soy de los Estados Unidos… ¡pero él es de Cuba!”.

Me sobran motivos para recordar con emoción a Suid-Afrika -como aprendí a escribirlo en “afrikaans”, su idioma oficial-, sobre todo al haber vivido un momento trascendental de su historia. Conocí a un pueblo noble y multinacional, que se esmeraba en superar décadas de incomunicación y odio racial, para abrirse paso al futuro con una nueva vida para su gente. Pero más motivos tengo para la emoción, al haber sido testigo de que las palabras “Cuba” y “Fidel” tienen un significado muy valioso para la dignidad de su pueblo.

Nota:
(*) “Bantustán” es la palabra que utilizaron los racistas blancos sudafricanos para denominar el territorio asignado a las tribus con lenguas “bantúes”, que fueron la base del sistema de “apartheid” o de “segregación racial”. En total existieron 10 “bantustanes”, a los que se le otorgaron cierta jurisdicción en áreas como educación, salud pública y carreteras. Fuera de estas zonas, los negros eran tratados como “habitantes temporales” o “visitantes”.



Frente a una larga fila de habitantes xhosa para votar en las primeras elecciones de la "Nueva Sudáfrica" (1994)

martes, 25 de mayo de 2010

Nueva York

Sábado soleado y cálido en Manhattan, que invita a caminar y disfrutar del inicio adelantado del verano, tras unos días de intenso trabajo con frío y lluvia, aunque ahora no lo parezca. El clima en mayo es muy variable y hay que aprovechar los momentos de buen tiempo.

Tomar el metro en Times Square –en el lujoso Midtown- y subir a la superficie minutos después en la calle Grand –casi en el Downtown, en el Lower East Side- es como hacer un viaje intercontinental que te toma por sorpresa. Bajándote del metro ya sientes que todo ha cambiado: la estación es pobre, menos cuidada, y de repente te ves rodeado de montones de hombres y mujeres pequeños, atareados como abejas, que te sacan del tren cargando todo tipo de productos y gritando en un idioma musical e incomprensible.

Al subir las escaleras, te ves en una calle de otro país… si miras arriba, a los edificios, sigue siendo Nueva York –con sus inconfundibles fachadas de ladrillos y escaleras de emergencia metálicas colgando de los balcones. Pero si miras a la calle no entiendes nada… ¡ni una palabra en inglés! Ah, sí, hay un pequeño y roído cartel en una esquina, que dice: “Welcome to Chinatown”.

Al andar los primeros pasos, las costumbres de esa cultura milenaria te absorben: miles de personas gritando y caminando rápido, en todas direcciones; vendutas de vegetales y pescados frescos, al aire libre, con sus respectivos vendedores en la puerta vociferando cosas que sólo ellos entienden; infinitos mercados y comedores de productos chinos, con frutas exóticas, verduras y jengibres en la puerta, que llenan la calle de ese olor especial a comida china y esencias milagrosas… y su música, inconfundible, te persigue a cada paso en medio de tanta muchedumbre.

Nunca he estado en China, pero supongo que la calle Canal no debe estar muy lejos de ser como cualquier calle de mercados en Shanghái o en Hong Kong. Al menos la gente, el idioma, los olores y la música no pertenecen a esta parte del mundo. Todo es rojo: los toldos, las letras, los manteles, los anuncios. Pero llama la atención que no hay ninguna bandera… sólo ondea una –bastante grande, por cierto- junto a la norteamericana, en una sociedad comunitaria. Pero no es la de China socialista, sino la de Taiwán. Y, más adelante, no puedo leer en chino qué dicen unos afiches del Dalai Lama que, al parecer, anda de visita por la ciudad en estos días.

Subiendo por la calle Mulberry, en un par de cuadras más, te sorprende otra cultura, con olores y gritos totalmente diferentes, mucho más cercanos a nuestra cultura: al doblar en una esquina, de repente, se aparece la “pequeña Italia”. No hay transición, no tienes tiempo para reaccionar al cambio de continentes… dejas de ver los caracteres chinos y ahora todo es blanco, verde y rojo, porque eso sí tiene: ¡montones de banderas italianas!

Indiscutiblemente la comida es un símbolo que identifica la cultura. Ahora son muchos los restaurantes de la “cuccina” italiana: pizzas y pastas de todo tipo, que invaden las aceras con mesas y sillas llenas de personas altas, elegantes, de buen vestir y perfumes caros, que te obligan a caminar por la calle. Los olores cambian al aroma inconfundible del queso, al ajo y la salsa boloñesa, restaurantes servidos por apuestos mozos mediterráneos –aunque muchos de ellos son latinoamericanos- en medio de tiendecitas con balones y pulóveres de los equipos del fútbol italiano.

Seguir subiendo por Mulberry es dejar atrás esa mezcla de dos ricas culturas y caer en terreno de nadie… una transición lenta –matizada por la imponente presencia de la vieja iglesia de Saint Patrick’s- hacia una onda suave, relajada, indefinida y dominada por el mercado. Si doblas para Broadway te invaden las marcas y las modas: Zara, Dolce & Gabanna, Emporio Armani, GAP, H&M… Sin dudas es preferible seguir al norte y cruzar la avenida Houston, para caer en el Greenwich Village, reino de la vida bohemia de Nueva York, de los cafetines y las ventas de arte, en medio de un ambiente alternativo… de mente amplia, como dirían algunos.

No por gusto unas cuadras más adelante, subiendo por la 7ma. Avenida, te enfrentas a la Plaza Christopher… y tal parece una plaza más de las tantas de la ciudad, a no ser por un pequeño club a medianía de cuadra, casi insignificante y lleno de diminutas banderas multicolores, con un cartel llamativo en la puerta que dice: “STONEWALL INN”… y verdad que parece un muro de piedras el lugar, que fue hotel años atrás y ahora han recuperado su centro nocturno, como símbolo de la comunidad.

Debo confesar que me sorprendió verlo pues, en vez de encontrar grandes banderas gays y acumulaciones de personas “diversas”, todo es sobriedad y paz. A esa hora del día nada hace pensar que esas esquinas hayan sido el centro de revueltas callejeras en fecha tan lejana como el año 1969, de manos de una comunidad de gays, lesbianas y travestis que hizo historia en contra de la homofobia; y que su nombre se repita cada año alrededor del 23 de junio –en Estados Unidos y en otros lugares del mundo- como paradigma de las multitudinarias marchas del llamado “orgullo gay”.

Pero si lo que quieres ver son lugares “gay-friendly”, con sus banderitas y triángulos rosas en las puertas, hay que seguir subiendo al norte, por la 8va. Avenida, y cruzar la calle 14 para entrar al barrio de Chelsea… ahí está todo lo que muchos creen que es el centro de “la vida gay”, lleno de los estereotipos imaginables: supermercados gays, cafés gays, negocios de mascotas para gays, restaurantes gays, tiendas de marca con maniquíes rosados y shortcitos mínimos en las posiciones más afeminadas posibles… el gran marketing gay, que se extiende también hacia la calle 23 –no la del Vedado pero… ¡qué casualidad!

Tras casi 4 kilómetros y medio de recorrido a pie, el cansancio te vence… sin embargo, te queda el placer de, en apenas 4 horas, haber observado –y disfrutado, por supuesto- estilos de vida y culturas diferentes, que florecen en un mismo lugar, a sólo metros de distancia. Tal vez ese sea el principal atractivo de Nueva York: esa diversidad cultural potente y particularizada, que sobrevive con ímpetu, a pesar de ser la ciudad más globalizada del planeta.

22 de mayo de 2010