lunes, 28 de enero de 2013

Martí, el Apóstol



(Este post fue escrito para el blog Desde el viejo mundo, a solicitud de su autor: www.albertoyoan.com. Gracias por su publicación)

Martí ha sido la persona que, tal vez, ha estado más presente en toda mi vida… sólo superado por mis padres. Y eso me ha creado un estado de confidencia muy particular hacia el cubano más grande de todos los tiempos.

El primer recuerdo que tengo –aun antes de aprender a leer– fueron los 27 tomos morados que resaltaban en el librero de mi casa, en un lugar bien visible. Mi padre los mostraba con orgullo: “son las obras completas de Martí”. Antes de ir a la escuela, ya había aprendido a leer “Los zapaticos de rosa”. Y el tomo 16 de esa colección fue consulta recurrente durante años, fascinado al descubrir sus versos sencillos y sus enseñanzas sobre el amor, la amistad y la patria.

Ya en primaria, Martí se me revelaba menos mítico: en prescolar era un niño como yo, en la foto que tenía mi maestra sobre el pizarrón, con lazo rosado y mirada profunda. Después fue “La edad de oro” y, más tarde, era un adolescente con grillete, rompiendo piedras en las canteras de San Lázaro –durante las innumerables visitas que hiciéramos a la “Fragua Martiana”, a pocas cuadras de la escuela, gracias a la devoción que le tenía nuestra auxiliar pedagógica Juanita, una dulce mulata de gran corazón.

Aunque en todas las escuelas me insistían en rendirle honores a un busto frío, blanco y cabezón, siempre en un rincón visible del lugar de formación, prefería las clases con sus historias sobre el andar incesante del “Apóstol” por el mundo, expatriado y tratando de lograr lo imposible: unir a cubanos de aquí y de allá, reunir fondos por doquier, en la causa común de la independencia.

Conocí de sus encendidos discursos patrióticos, de sus convincentes artículos periodísticos, de sus traducciones impecables, de su verbo invencible. Tan arrollador, que una inolvidable profesora de Literatura –ya en el preuniversitario– nos confesaba su satisfacción de no haber vivido en esa época, pues no se hubiera resistido a sus palabras y no pararía hasta caer rendida de amor entre sus brazos.

Pero no todo es maravilloso en mis recuerdos sobre “el Maestro”. También me hablaron del mote de “Pepe ginebrita”, que algunas personas malintencionadas han querido atribuirle; de sus supuestas aventuras con la niña de Guatemala, “la que se murió de amor”; de su silenciada labor masónica, a pesar de la enorme estatua que preside la entrada del Templo Masónico de Carlos III; y las reprimendas, en otras épocas, por nombrarlo “el Apóstol” de la independencia de Cuba, pues era una “inadecuada” implicación religiosa para un patriota. Sin embargo, en lugar de alejármelo, estos “defectos” me lo hicieron más humano.

Más allá de eso, a él le debemos el concepto de patria más acabado: Patria es humanidad. Y, con su larga visión política, el más completo sentido de nuestra independencia: Cuba debe ser libre de España y de los Estados Unidos.

Con el mismo sentido, fue capaz de alertar: Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi onda es la de David. Y, desde mis años de adolescencia, nunca he podido olvidar aquello que repetían todos los domingos, al empezar una gustada serie de televisión: Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber, de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy y haré, es para eso, lo que se ha conocido como su testamento político, momentos antes de salir a morir al campo de batalla en Dos Ríos.

Más tarde, otras personas influyeron en moldear mi idea de este hombre-Apóstol. Noel me enseñó la profundidad de su pensamiento, Rolando me mostró la impresionante labor que realizó como diplomático, Annia me lo reveló en esa compleja combinación de radical y sensible, René me habló de su bronca con Maceo y Máximo Gómez por una República justa, Fernando me proyectó un ser humano tan cercano como un amigo muy conocido, Julio César me demostró su firme lección de civismo para la Cuba nueva y Cintio me argumentó toda la fuerza moral de su legado, síntesis de lo más puro del pensamiento cubano del siglo XIX y guía de la patria, para quienes vinimos después.

Ya de adulto, profundizando en teorías políticas, en él encontré uno de los más claros pensamientos sobre el poder: No bien nace, ya están en pie, junto a su cuna, con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, las filosofías, las religiones, las pasiones de los padres, los sistemas políticos. Y lo atan: y lo enfajan: y el [ser humano] es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado. Y también encontré entre los conceptos de libertad –ese término tan controversial–, el más completo: La libertad es el derecho que todo [ser humano] tiene de ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía.

Ahora, al cumplir ya mis 44 años, me resulta difícil entender cómo ese hombre, pequeño, delgado y aparentemente frágil, que habló de todo y trascendió fronteras con su pensamiento, pudo haber hecho tantas cosas en sólo 42 años, a tal punto de poder recurrir a él ante cualquier circunstancia.

No me queda más remedio que acompañar a las Hermanas Martí en eso que oía de niño –apenas sin comprenderlo bien– en un programa de las 4 de la tarde de la ya desaparecida Radio Liberación, donde se les escuchaba cantar: “Martí no debió de morir, ¡ay!, de morir…”. Y resulta contradictorio porque, de hecho, me doy cuenta que no ha muerto… pues él mismo dio la clave de su inmortalidad cuando dijo: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.

2 comentarios:

  1. Me alegra tanto, pero tanto tú crónica... Un abrazo martiano de tu amigo.

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    1. Gracias, hermano! Igual para ti. Honor a quien honor merece!

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