martes, 25 de mayo de 2010

Nueva York

Sábado soleado y cálido en Manhattan, que invita a caminar y disfrutar del inicio adelantado del verano, tras unos días de intenso trabajo con frío y lluvia, aunque ahora no lo parezca. El clima en mayo es muy variable y hay que aprovechar los momentos de buen tiempo.

Tomar el metro en Times Square –en el lujoso Midtown- y subir a la superficie minutos después en la calle Grand –casi en el Downtown, en el Lower East Side- es como hacer un viaje intercontinental que te toma por sorpresa. Bajándote del metro ya sientes que todo ha cambiado: la estación es pobre, menos cuidada, y de repente te ves rodeado de montones de hombres y mujeres pequeños, atareados como abejas, que te sacan del tren cargando todo tipo de productos y gritando en un idioma musical e incomprensible.

Al subir las escaleras, te ves en una calle de otro país… si miras arriba, a los edificios, sigue siendo Nueva York –con sus inconfundibles fachadas de ladrillos y escaleras de emergencia metálicas colgando de los balcones. Pero si miras a la calle no entiendes nada… ¡ni una palabra en inglés! Ah, sí, hay un pequeño y roído cartel en una esquina, que dice: “Welcome to Chinatown”.

Al andar los primeros pasos, las costumbres de esa cultura milenaria te absorben: miles de personas gritando y caminando rápido, en todas direcciones; vendutas de vegetales y pescados frescos, al aire libre, con sus respectivos vendedores en la puerta vociferando cosas que sólo ellos entienden; infinitos mercados y comedores de productos chinos, con frutas exóticas, verduras y jengibres en la puerta, que llenan la calle de ese olor especial a comida china y esencias milagrosas… y su música, inconfundible, te persigue a cada paso en medio de tanta muchedumbre.

Nunca he estado en China, pero supongo que la calle Canal no debe estar muy lejos de ser como cualquier calle de mercados en Shanghái o en Hong Kong. Al menos la gente, el idioma, los olores y la música no pertenecen a esta parte del mundo. Todo es rojo: los toldos, las letras, los manteles, los anuncios. Pero llama la atención que no hay ninguna bandera… sólo ondea una –bastante grande, por cierto- junto a la norteamericana, en una sociedad comunitaria. Pero no es la de China socialista, sino la de Taiwán. Y, más adelante, no puedo leer en chino qué dicen unos afiches del Dalai Lama que, al parecer, anda de visita por la ciudad en estos días.

Subiendo por la calle Mulberry, en un par de cuadras más, te sorprende otra cultura, con olores y gritos totalmente diferentes, mucho más cercanos a nuestra cultura: al doblar en una esquina, de repente, se aparece la “pequeña Italia”. No hay transición, no tienes tiempo para reaccionar al cambio de continentes… dejas de ver los caracteres chinos y ahora todo es blanco, verde y rojo, porque eso sí tiene: ¡montones de banderas italianas!

Indiscutiblemente la comida es un símbolo que identifica la cultura. Ahora son muchos los restaurantes de la “cuccina” italiana: pizzas y pastas de todo tipo, que invaden las aceras con mesas y sillas llenas de personas altas, elegantes, de buen vestir y perfumes caros, que te obligan a caminar por la calle. Los olores cambian al aroma inconfundible del queso, al ajo y la salsa boloñesa, restaurantes servidos por apuestos mozos mediterráneos –aunque muchos de ellos son latinoamericanos- en medio de tiendecitas con balones y pulóveres de los equipos del fútbol italiano.

Seguir subiendo por Mulberry es dejar atrás esa mezcla de dos ricas culturas y caer en terreno de nadie… una transición lenta –matizada por la imponente presencia de la vieja iglesia de Saint Patrick’s- hacia una onda suave, relajada, indefinida y dominada por el mercado. Si doblas para Broadway te invaden las marcas y las modas: Zara, Dolce & Gabanna, Emporio Armani, GAP, H&M… Sin dudas es preferible seguir al norte y cruzar la avenida Houston, para caer en el Greenwich Village, reino de la vida bohemia de Nueva York, de los cafetines y las ventas de arte, en medio de un ambiente alternativo… de mente amplia, como dirían algunos.

No por gusto unas cuadras más adelante, subiendo por la 7ma. Avenida, te enfrentas a la Plaza Christopher… y tal parece una plaza más de las tantas de la ciudad, a no ser por un pequeño club a medianía de cuadra, casi insignificante y lleno de diminutas banderas multicolores, con un cartel llamativo en la puerta que dice: “STONEWALL INN”… y verdad que parece un muro de piedras el lugar, que fue hotel años atrás y ahora han recuperado su centro nocturno, como símbolo de la comunidad.

Debo confesar que me sorprendió verlo pues, en vez de encontrar grandes banderas gays y acumulaciones de personas “diversas”, todo es sobriedad y paz. A esa hora del día nada hace pensar que esas esquinas hayan sido el centro de revueltas callejeras en fecha tan lejana como el año 1969, de manos de una comunidad de gays, lesbianas y travestis que hizo historia en contra de la homofobia; y que su nombre se repita cada año alrededor del 23 de junio –en Estados Unidos y en otros lugares del mundo- como paradigma de las multitudinarias marchas del llamado “orgullo gay”.

Pero si lo que quieres ver son lugares “gay-friendly”, con sus banderitas y triángulos rosas en las puertas, hay que seguir subiendo al norte, por la 8va. Avenida, y cruzar la calle 14 para entrar al barrio de Chelsea… ahí está todo lo que muchos creen que es el centro de “la vida gay”, lleno de los estereotipos imaginables: supermercados gays, cafés gays, negocios de mascotas para gays, restaurantes gays, tiendas de marca con maniquíes rosados y shortcitos mínimos en las posiciones más afeminadas posibles… el gran marketing gay, que se extiende también hacia la calle 23 –no la del Vedado pero… ¡qué casualidad!

Tras casi 4 kilómetros y medio de recorrido a pie, el cansancio te vence… sin embargo, te queda el placer de, en apenas 4 horas, haber observado –y disfrutado, por supuesto- estilos de vida y culturas diferentes, que florecen en un mismo lugar, a sólo metros de distancia. Tal vez ese sea el principal atractivo de Nueva York: esa diversidad cultural potente y particularizada, que sobrevive con ímpetu, a pesar de ser la ciudad más globalizada del planeta.

22 de mayo de 2010

domingo, 28 de febrero de 2010

Sopa de letras


Una de los interesantes momentos que tuvo el V Congreso de Educación, Orientación y Terapia Sexual, celebrado en La Habana en enero, fue la presentación de la mexicana Gloria Careaga, Co-Presidenta para América Latina y el Caribe de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgéneros.

Esta organización se conoce internacionalmente como ILGA (por sus siglas en inglés: International Lesbian and Gay Association), aunque en realidad estas siglas son una versión abreviada, pues sólo incluye a Lesbianas y Gays. Si se quiere incorporar a los Bisexuales, Travestis, Transexuales, Transformistas e Intersexuales – como se ha intentado hacer en sus Congresos bienales – debería ser ILGBTTTIA. Y si, además, se quisieran incluir las demás categorías de la tan diversa sexualidad humana, realmente se podría hacer aún más impronunciable cualquier acrónimo para esa organización, o para la llamada “comunidad LGBT”.

De eso precisamente se trata la “sopa de letras” a la que llamaba a reflexionar la Sra. Careaga durante su intervención: hay tanto interés en dividirnos en “categorías” – de acuerdo a nuestras orientaciones sexuales e identidades de género – que se deja de ver al ser humano que somos, tan diversos y variables cuando de sexualidad se trata. Por eso decía, con mucha razón, que si fuéramos a identificar los comportamientos sexuales de las personas habría que asignar una categoría a cada uno de nosotros… o varias, para ser fieles a la realidad.

Esto no quiere decir que se menosprecien las categorías sexuales, pues han sido un elemento muy importante para la identificación de estas identidades y, a partir de ello, para la reivindicación y lucha de sus derechos en las últimas décadas. También han sido fundamentales en la necesaria visualización de estos grupos humanos y, por ende, en el reconocimiento social a la diversidad sexual.

Pero debemos estar claros de que, al mismo tiempo, estas categorías crean patrones de comportamiento – en ocasiones bastante rígidos – que encasillan a las personas dentro de un grupo, cuando en realidad el ser humano es mucho más rico y diverso que lo que una categoría puede ofrecer. A este fenómeno se le puede identificar como una verdadera “tiranía de categorías”, pues definen quiénes somos, pero también cómo debemos ser.

¿Hasta dónde debe llegar la feminidad de una mujer para que sea lesbiana, o la masculinidad de un hombre para considerarlo gay? ¿En dónde ubicar aquellos que tuvieron un pasado distinto al que expresan ahora en cuestiones de sexualidad? ¿O a los que, aún sin dejar de ser gays o lesbianas, sienten algún impulso hacia el otro sexo y no se consideran bisexuales? Esto sin hablar de los patrones de vestuario y comportamiento… y sin entrar en el tema “trans” (travestis, transexuales y transformistas), que va más allá de todos los convencionalismos.

Aunque las categorías han tenido mucha importancia para entender mejor la diversidad sexual, es indudable que se tienen que traspasar los límites que ellas nos imponen y estar conscientes que la naturaleza humana es mucho más compleja de lo que podamos prever en ellas.

Liberarnos de las categorizaciones tiene más importancia aún porque vivimos en una sociedad que por siglos se ha manejado sobre rígidos patrones heterosexistas y a los que somos “diferentes” se nos juzga como si fuéramos “fornicadores permanentes”, pues generalmente cuando se refieren a nosotros se nos identifica como gays, lesbianas y trans y no como los ciudadanos plenos que somos, iguales que los demás: padres, hermanas, estudiantes, maestras, ingenieros, obreros, periodistas… sin necesidad de resaltarse una identidad de género o nuestra orientación sexual.

lunes, 1 de febrero de 2010

Despatologizar la transexualidad


En la clausura del reciente 5to. Congreso Cubano de Educación, Orientación y Terapia Sexual, celebrado en La Habana, se presentó una Declaración de la Sociedad Multidisciplinaria para el Estudio de la Sexualidad (SOCUMES) sobre la “despatologización” de la transexualidad. Un nombre muy complejo para algo muy claro: que no se considere más a la transexualidad como una enfermedad.

Pero, ¿por qué una declaración sobre la transexualidad? Porque, desde fecha tan cercana como 1979, los principales textos que regulan los protocolos de tratamiento y los procedimientos médicos internacionales consideraron a los transexuales como enfermos psiquiátricos, con “disforia” -o trastornos- en su identidad de género.

Esos textos son, fundamentalmente, el Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales (DSM), que publica la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las mismas organizaciones y los mismos textos de los que fue retirada la homosexualidad como enfermedad mental en 1973, el primero, y el 17 de mayo de 1990, el segundo -que marca, este último, la conmemoración del Día Mundial contra la Homofobia.

Para nadie es un secreto que las personas transgéneros -incluyendo la transexualidad y las personas travestis- son mucho más vulnerables desde la infancia a la marginación, la discriminación y el estigma, por lo que considerarlos oficialmente como “enfermos” profundiza y perpetúa esta realidad, causando daños físicos y psicológicos irreversibles que en no pocas ocasiones pueden llegar al suicidio. Y está demostrado que ser transexual no es una opción ni una moda cosmética, sino una expresión de la identidad de género, una necesidad interior de estas personas a vivir con la identidad -masculina o femenina- a la que sienten pertenecer.

Y ¿por qué realizar en estos momentos esa declaración?

Para la comunidad científica cubana relacionada con la sexualidad este no es un tema nuevo y ha sido ampliamente debatido en los últimos años, sobre todo en la Comisión Nacional de Atención Integral a Personas Transexuales, con experiencia de trabajo en este campo desde 1979 cuando fue creada por Vilma Espín como Grupo de Trabajo sobre Transexualidad.

Sin embargo, en el año 2012 la APA deberá publicar la quinta versión de su manual DSM y actualmente existe una gran campaña internacional, sobre todo de agrupaciones transexuales europeas y diversas personalidades, para aprovechar ese momento y corregir tal injusticia. Vale la pena recordar entonces la legislación internacional en relación a los derechos sexuales, específicamente el artículo 18 de los Principios de Yogyakarta, que establece “que ningún tratamiento o consejería de índole médica o psicológica considere, explícita o implícitamente, la orientación sexual y la identidad de género como trastornos de la salud que han de ser tratados, curados o suprimidos”.

Los argumentos que se utilizan -fundamentalmente económicos y políticos- para mantenerla en la lista de enfermedades mentales pueden llegar a ser sorprendentes. Por ejemplo, en Estados Unidos se justifica como vía para seguir contando con los fondos de la cobertura de atención médica y de las políticas de seguro. Otro caso, en Chile, el Movimiento de Liberación Homosexual (MOVILH) anunció recientemente su respaldo a ello con el fin de lograr un “mejor entendimiento” sobre estos temas con el gobierno derechista, lo que provocó una fuerte reacción negativa de las organizaciones de transgéneros en ese país.

La Declaración de SOCUMES, por tanto, tiene una gran importancia para definir la posición cubana a favor de su “despatologización”, que se garantice el reconocimiento y respeto a los derechos de esas personas -mucho más allá de la mera atención médica y psicológica-, que se apliquen estrategias educativas a todos los niveles de enseñanza y hacia la población en general sobre este tema (entre ellos, los policías) y que se incluya de forma amplia en las políticas sociales del Estado y el gobierno su atención integral. Se menciona incluso que un paso significativo en ese sentido será aprobar el Decreto Ley sobre "Identidad de Género”, ya propuesto, en el que se incluye el cambio de identidad de esas personas independientemente de que sean objetos de la cirugía de reasignación sexual -mal llamada “operación de cambio de sexo”.

Una Declaración oportuna y necesaria para un grupo de población que, aunque minoritario, merece la atención de la sociedad y de las autoridades, en beneficio del respeto a sus derechos y a sus aspiraciones como seres humanos.

lunes, 18 de enero de 2010

¿Límites para el respeto?

Hablando con cualquier persona sobre diversidad sexual, incluso con aquellas más instruidas, es común escuchar frases como que “los homosexuales tienen que darse a respetar” o “los homosexuales tienen la culpa de que no los respeten, porque son irrespetuosos”. Sobre esa base, llena de prejuicios, algunos llegan a decir que respetan a alguien porque, aunque sea homosexual, “se ve hombre”… y cuando se refieren a lesbianas, travestis o transexuales encontramos expresiones similares, o aún peores.

¿Hasta dónde llegan los “límites” de ese respeto que deben darse los homosexuales para que sean “aceptados”? ¿Es justo que los flojitos, las fuertototas y las locas de carroza, por expresarse tal cual son, sean estigmatizados, discriminados y, en consecuencia, rechazados? ¿Es que se sólo se le reconocen derechos a aquellos que cumplan con los rígidos patrones preestablecidos para cada género?

La educación machista a la que nos enfrentamos, desde que somos pequeños, nos marca con fuertes patrones heterosexistas y roles de género que vamos reproduciendo día a día, incluso entre los propios homosexuales. Desafortunadamente, gran parte de esta educación denota una atención sobredimensionada a la apariencia y al qué dirán, sobre todo por el aquello de que “es mejor serlo y no parecerlo, que parecerlo y no serlo”.

En realidad, nos dejamos llevar por los prejuicios y no somos capaces de poner en práctica lo que se repite hasta el cansancio de que toda persona debe ser respetada en su integridad física y moral y apreciada de acuerdo a sus valores y al aporte que brinde a la sociedad. ¿Somos conscientes de educar a nuestros hijos para que en las escuelas no se burlen de aquel que luce “pajarito” o de aquella que le gusta jugar pelota y fajarse con los varones? ¿Hasta qué punto apreciamos los valores de nuestros colegas de oficina o vecinos, más allá de su apariencia externa, su manera de hablar o de vestir?

Es un comportamiento social que no puede ser cambiado por decreto, sino por convicción, en beneficio de la sociedad misma. Un proceso social que se necesita con urgencia para respetar a quienes, por cualquier razón, se escapan de los “modelos” que nosotros mismos nos hemos establecido. Porque no todo el mundo tiene la “dicha” de nacer cumpliendo estos parámetros de “normalidad” –clasificación detestable, por excluyente-, como mismo no todos nacemos bonitos, altos, con mucho pelo, delgados…

Sin embargo, esos “límites” también tienen una lectura a la inversa: de la misma forma en que la sociedad tiene que aprender a convivir con patrones más flexibles en el comportamiento de las personas, los homosexuales y transgéneros deben respetar aquellos patrones elementales de convivencia. Es conocido que los derechos de una persona terminan donde empieza el derecho de los demás y la mejor forma de educar en el respeto sobre uno es respetando el derecho de los otros.

No quiere esto decir que uno limite su forma de ser, sino a ser consecuente con una conducta ciudadana respetable. No se puede apoyar la actitud de un grupo de travestis que, en una guagua, anden vociferando sus conquistas y molestando a los pasajeros o a cuantos pasan por la calle. Pero, no porque esto suceda, es justo achacar ese tipo de comportamiento desagradable a todos los miembros de ese grupo humano, porque todos -absolutamente todos- somos diferentes.

Los comportamientos chabacanos, groseros y de mala educación no tienen nada que ver con la orientación sexual o la identidad de género y son tan reprochables en homosexuales como en heterosexuales, en hombres como en mujeres. La orientación sexual y la identidad de género no son atributos morales y, por tanto, no se pueden asociar a ellas un comportamiento social determinado.

¿Hasta dónde llegan los “límites” del respeto? Cada persona y cada ocasión tienen los suyos, en ambos sentidos, pero lo mejor será que nos eduquemos en convivir respetando y aprendiendo de nuestras diferencias.

martes, 25 de agosto de 2009

La Federación de todas

El pasado domingo 23 de agosto se cumplieron 49 años del momento en que, ante una concentración de mujeres en el teatro de la CTC de La Habana, se decidió unificar a todas las organizaciones femeninas de la Revolución en la Federación de Mujeres Cubanas, con la inolvidable guerrillera Vilma Espín Guillois al frente, como su líder indiscutible.

Mucho se ha hablado de los logros que ha tenido esta organización en las últimas décadas a favor de la incorporación plena de la mujer en la sociedad, en su lucha contra el machismo y en la superación de las féminas en todos los ámbitos. Sin embargo, es justo reconocer también que la FMC (y Vilma en particular) ha sido una de las organizaciones que más ha defendido la diversidad sexual y el respeto a la libre orientación sexual e identidad de género en nuestro país.

Fue precisamente la Federación de Mujeres Cubanas la que, en 1972, propusiera la creación del Grupo Nacional de Trabajo de Educación Sexual (GNTES), que en 1989 devino en el actualmente reconocido Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX). A partir de ese momento, son ampliamente reconocidos los vínculos de trabajo existentes entre ambas organizaciones en el trabajo multidisciplinario e intersectorial que se desarrolla en estos temas.

La FMC también propuso la creación del Equipo de Trabajo Multidisciplinario para el Diagnóstico y Tratamiento a Personas Transexuales, en lo que después de 1979 se constituyó como la Comisión Nacional de Atención Integral a Personas Transexuales, bajo la coordinación del entonces GNTES. Luego de estudiar algunas experiencias para el tratamiento médico y legal de la transexualidad en países que se consideraban avanzados en la década del setenta, fueron elaboradas las recomendaciones al Ministerio de Salud Pública sobre los procedimientos de atención en este tema.

Desde entonces, esta Comisión ha avanzado en sus estudios y resultados de trabajo, que ha contado con la FMC como parte integral del proceso de aplicación de la actual Estrategia Integral para la Atención a Personas Transexuales, de conjunto con otras instituciones y organizaciones de masas del país. Varias de las transexuales femeninas han sido acogidas en la FMC y participan activamente en sus decisiones, en su proceso de integración social.

Como se conoce, en 1974 fue Vilma la que hizo la propuesta a la nueva Constitución para que se considerara el “matrimonio” como la unión legal entre “dos personas”, lo que hubiera sido entonces un paso muy revolucionario y una muestra clara en contra de la discriminación por orientación sexual.

Con posterioridad la FMC ha encabezado, junto al CENESEX, un proceso de examen y reelaboración del Código de Familia -aprobado en 1975- que incluye aspectos relacionados con la transexualidad, otras expresiones transgénero y la orientación sexual, con el fin de fortalecer la ética humanista de las relaciones familiares en la sociedad cubana. Entre ellos se incluye el reconocimiento a la unión legal entre personas del mismo sexo y el reconocimiento jurídico de la identidad sexual de las transexuales, a partir del momento en que se determinen como tal por la Comisión correspondiente.

La Federación también desarrolla un trabajo sistemático y profundo en la atención a los problemas de las mujeres lesbianas, como parte de su labor por la igualdad y a favor de la educación a la sociedad contra todo tipo de discriminaciones. Sonia Beretervide, Miembro del Secretariado Nacional de la FMC, señalaba el pasado 18 de junio durante el debate del Cine Club “Diferente” que la organización “no le pregunta a ninguna mujer su orientación sexual para acogerla en sus filas” y es destacable el trabajo conjunto que realizan con la red nacional OREMI, grupo de mujeres lesbianas adscrito al CENESEX.

Como parte de esta tradición –que es un legado de Vilma- la Federación de Mujeres Cubanas se ha incorporado también, junto a otras organizaciones e instituciones del país, a la Campaña por el Respeto a la Libre y Responsable Orientación Sexual e Identidad de Género y sus principales dirigentes han estado presentes en las Jornadas contra la Homofobia que se han organizado en los últimos años. Su participación es fundamental, para estar junto a este sector de la sociedad que puede verse doblemente marginado, a partir de su condición de mujer.

Vale la pena entonces reconocer también por estos días el papel de la FMC en esta batalla por el respeto a la orientación sexual y la identidad de género en nuestro país, para que continúe siendo la organización de todas las cubanas, sin distinción ni exclusiones por estos motivos.