viernes, 18 de enero de 2013

¿Migrar o no migrar?

No me gusta utilizar el término de "reforma migratoria" –tantas veces repetido por los medios alrededor del 14 de enero– para hacer referencia a las recientes medidas aplicadas con relación a los viajes de cubanos al exterior. Es que no me parece lógico porque, en realidad: ¿se trata sólo de migración? Y peor: ¿tenemos que seguir usando el término para referirnos a cubanos y cubanas que viajan al extranjero, con su estigmatizada connotación social?

Es verdad que, tal vez desde una perspectiva histórica, el mayor impacto lo logran los 24 meses –que son prorrogables, además– otorgados a la persona que viaja, libre de pagos, para considerarle como "emigrado" y, por consiguiente, perder derechos ciudadanos –como votar, el reclamo de propiedades, beneficios laborales y estudiantiles, atención médica gratuita y hasta el pago de la entrada de ciertos lugares públicos. En ese mismo sentido, y de tremenda importancia, está la flexibilización a la repatriación de personas que asumieron la categoría de "emigrado", muchas veces sin ser su interés.

Se entienden las razones por las cuales Cuba se vio en la necesidad de tomar esas medidas, en su momento y por muchos años. Sin embargo, ya hacía tiempo eran necesarios los cambios. Cuántas personas no se vieron en la disyuntiva de renunciar a todo, ante urgencias personales. Cuánto estigma no se ha manejado contra tantas personas sin merecerlo, por el hecho de haber decidido vivir en el exterior. Sin dudas, las medidas tomadas son de gran importancia para la ciudadanía y sus derechos, no sólo el relacionado con la libertad de movimiento.

Pero, para la mayoría de las personas en Cuba hoy día, lo más significativo ha sido la disminución de más de 350CUC en el pago de trámites –sólo contando carta de invitación y permiso de salida– y, sobre todo, la simplificación de estas diligencias, eliminando gran parte de la madeja de gestiones, permisos y papeles en que se veían envueltas antes del 14 de enero.

Porque, seamos honestos: en Cuba, quien estaba determinado a viajar y tenía el dinero, vencía todas las barreras y lo lograba; incluso casándose en contra de su voluntad con un extranjero o extranjera, renunciando a sus sueños profesionales de toda una vida o haciendo lo indecible para borrar su pasado de los registros oficiales. Pero viajaba.

Del casi millón de personas que lo hicieron en los últimos 12 años, la gran mayoría regresó –como fue confirmado en un programa reciente de la televisión cubana– y otros se quedaron más allá de los 11 meses establecidos, por las razones que fueran. Pero es muy importante que, a partir de ahora, no se corra el riesgo de que al viajar te cuelen en la categoría de "emigrado", por razones a veces ajenas a tu voluntad, y se te estigmatice.

Entonces, de lo que estamos hablando en este aspecto es de la "no emigración". O, mejor dicho, de poner la emigración en su lugar. En la práctica, ahora cualquier cubano o cubana podrá viajar –salvo excepciones previstas en la ley– el tiempo que considere, pueda o necesite. Y emigrar será una decisión personal, no una circunstancia que se le impone por decisión burocrática.

Entre cubanos y cubanas viajar ya se irá viendo, poco a poco, como algo corriente –para quienes puedan, claro, como en el resto del mundo– y los funcionarios de inmigración pasarán de jueces y censores a facilitadores de gestiones y papeles. Y eso está bien.

A propósito, algo similar debería ocurrir con la Aduana, cuyos funcionarios también deberían dejar de ser inquisidores de lo que se entra –¿qué les importa si en el equipaje se carga con blúmers o calzoncillos?– para dedicarse más  a su necesaria labor de velar en nuestras fronteras contra la entrada de materiales o equipos peligrosos a la seguridad de la nación.

Mientras tanto, a sólo unos días de la aplicación de estas medidas, una de las reacciones más significativas está sucediendo en las históricamente escabrosas relaciones con los Estados Unidos, donde se han quedado sin una pieza clave de la política anticubana: la imagen diabólica de Cuba como una "gran prisión", de donde no se puede ni salir ni entrar.

Ríos de tinta y bytes se han quedado sin cauce y los desconcertados "defensores" de los derechos humanos en Cuba y la libertad de viajar, aterrados de seguir perdiendo terreno, se han transformado en los mayores enemigos de los cambios. Tanto la extrema derecha batistiana de Miami como sus patrocinadores en Washington se han quedado sin argumentos y hasta sus más recalcitrantes empleados están hablando de cambiar la "Ley de Ajuste Cubano".

En este caso, los recientes cambios pudieran ser interpretados también como otro "gesto" –o al menos como otro paso más, entre los tantos que hemos visto en los últimos años– en el camino al desmoronamiento de los antagonismos.

viernes, 4 de enero de 2013

De elecciones y participación


Mucha información ha generado en los últimos días el proceso electoral cubano, tras la aprobación que hicieran nuestros delegados municipales –propuestos y elegidos por el pueblo– de las candidaturas a delegados a las Asambleas Provinciales y a diputados de la Asamblea Nacional, a partir de la selección que hicieran las Comisiones de Candidaturas compuestas por miembros de nuestras organizaciones de masas.

Independientemente de las opiniones que puedan existir sobre ese proceso, con relación a la real incidencia de las masas –base esencial de esas organizaciones– en esta selección, es indiscutible que se realiza a partir de una amplia consulta nacional, de la cual surgieron más de 7 mil propuestas de candidaturas procedentes de todos los sectores sociales y grupos poblacionales. Basta echar un vistazo detalladoa las propuestas que se nos presenta para corroborarlo.

Casualmente, hace ya algunos años, tuve la oportunidad de estar presente en una reunión de candidatura durante unas elecciones generales y me sorprendió la forma tan intensa en que los representantes de las diferentes organizaciones defendían sus candidaturas. Aunque puede ser que no todas las reuniones funcionen de igual forma, no me cabe dudas de que la responsabilidad asumida por sus participantes ha sido realizada con seriedad, a partir de la implicación política que tiene su labor para el futuro de la nación –al menos para los próximos cinco años.

Sin embargo, mi interés se centra más en lo que sucederá después que todas estas personas sean elegidas por el pueblo y asuman sus puestos como delegados provinciales y diputados. 

Al aceptar esta responsabilidad están asumiendo un compromiso con quienes les eligieron, que va más allá de la representación pasiva, pues en sus decisiones –que afectará a todos por igual– deberá ir la voz y el voto de sus representados. Y la pertenencia de nuestros representantes a tan diversos sectores de la sociedad cubana no deberá asumirse per se como la legítima opinión de todos estos sectores.

Me preocupa que cada vez que se habla de “participación popular” en las decisiones de gobierno siempre se recurre a la rendición de cuentas de delegados y delegadas municipales ante el vecindario, que sucede como mínimo dos veces al año. Se sabe que estos encuentros, cuando no son reuniones formales –donde las autoridades dan alguna información específica–, se limitan a responder quejas de vecinos ante inconformidades locales, la mayoría de las veces con pocos recursos para ser resueltas.

En varias ocasiones, el Partido y el gobierno cubano han realizado procesos masivos de consulta popular sobre determinadas decisiones, que han constituido ejemplos de participación ciudadana en importantes políticas estatales. A la par de demostrar la cultura política adquirida por el pueblo cubano, que ha participado activamente en cada una de esas oportunidades, le ha brindado la posibilidad de sentirse parte del destino de la nación, con el consiguiente beneficio para la legitimidad democrática dentro de nuestro sistema político.

Sobre la base del éxito de estas experiencias, que han sido puntuales, coincido conque una propuesta positiva en ese mismo sentido sería el encuentro de delegados provinciales y diputados con sus electores de forma sistemática, previo a las sesiones de las respectivas Asambleas, para escuchar las opiniones del pueblo sobre sus agendas.

No me refiero a reuniones citadas por cuadras, donde la principal preocupación de quienes las organizan sea lograr que baje la mayor cantidad de vecinos durante la hora de la novela. Tampoco deben ser reuniones donde las autoridades vayan en carácter defensivo, con un arsenal de justificaciones o argumentos, y saturen de informaciones a las masas para tratar de convencerlas sobre determinadas preocupaciones. 

Lo más útil sería sostener encuentros donde, básicamente, se escuche la opinión de la ciudadanía sobre los temas a debatir en las próximas Asambleas. Un ejercicio de participación popular al que asistan personas interesadas en aportar ideas –más aquellas que quieran escucharles– y en las que surgirán valiosas contribuciones para solucionar problemas específicos de interés territorial y nacional. Momentos en que, además de brindarle la oportunidad al pueblo de sentirse partícipe en las decisiones gubernamentales, se le aporte a nuestros representantes elementos que pueden usar en posteriores debates.

Estoy seguro que si por ejemplo, en Cayo Hueso donde vivo, se hace una convocatoria a la ciudadanía a reuniones de este tipo en el teatro Astral –en un día y una hora adecuada– no serán pocas las personas que se interesen en compartir sus ideas con sus delegados provinciales y diputados. El éxito de posteriores encuentros similares dependerá del grado de sensibilidad e interacción que sean capaces de desarrollar con su electorado.

Paralelamente, un ejercicio de esta naturaleza –sin dudas– ayudará también a los y las representantes a desarrollarles esa necesaria capacidad de dialogar con el pueblo, de intercambiar opiniones con quienes le entregaron su voto, sobre la base de que no ostentan su cargo sólo por sus excelentes biografías y su trayectoria pública, sino también para hacer valer los intereses de quienes les eligieron.

Porque de eso se trata: de que quienes acepten asumir una responsabilidad pública –sean representantes en alguna estructura de gobierno, Ministros o dirigentes de otro tipo– deben tener plena conciencia que se deben a un pueblo que confía en sus desempeños, y a quienes le deben todo su respeto. 

Ello sólo redundará en beneficios para construir una sociedad socialista más democrática,que cumpla con el mandato de nuestra Constitución –siguiendo las enseñanzas del Maestro–: con todos y para el bien de todos.

27 de diciembre de 2012

lunes, 24 de diciembre de 2012

Libertad y reguetón


En el mundo se ha popularizado un sentido de “libertad” que es una quimera. Muchas personas sueñan con una “libertad” que se traduzca en la capacidad de hacer y decir todo lo que se quiera, sin limitaciones de ningún tipo… y eso no existe. Porque, para limitar esa ilusión, el ser humano está rodeado de numerosos poderes que te imponen lo que puedes y no puedes hacer, lo que puedes y no puedes decir.

Para eso existen los Estados, con sus leyes y regulaciones, que conforman lo que deben ser el buen comportamiento y la civilidad. Para eso existen las religiones que, con sus dogmas, le dan cuerpo al concepto de la decencia y las buenas costumbres. Para eso existe la familia y las tradiciones que, con sus repetidos hábitos y prejuicios, limitan las más desenfadadas expresiones de los deseos y las ambiciones. Para eso existen las administraciones que, con sus estrictos reglamentos, especifican claramente hasta dónde puede llegar la creatividad de sus empleados. Y tantos otros poderes que, día a día, atan de pies y manos a las personas en su utopía sobre la “libertad”.

El caso es que no se puede hacer y decir lo que nos venga en ganas, al menos de forma pública. Y dudo mucho que en realidad queramos algo así –una sociedad donde cada quien haga lo que quiera, sin límites–, porque todas y todos saldríamos perjudicados. Sobre todo porque con ello, inevitablemente, se afectaría la libertad de los demás.

Es lo que sucede cuando, por ejemplo, alguna persona se levanta con la creencia del “deber ciudadano” de ponerle música a todo el vecindario, sin importarle que otro vecino esté durmiendo después de una guardia, que haya una anciana convaleciente en cama o, simplemente, que sus gustos no tienen nada que ver con el del resto de los mortales que viven a su alrededor. Saca sus bocinas a la acera, enciende su equipo, aumenta el volumen y… ¡que tiemble La Habana!

Igual sucede con la letra de muchos reguetones cubanos (y, a propósito, otros ritmos que no son reguetones), popularizados hasta la saciedad que, lejos de ganarse el calificativo de “música”, no pasan de ser “ritmos de entretenimiento masivo” con un objetivo único: mover el esqueleto.

Lo peor es que, siendo tan populares entre niños y jóvenes –que son quienes más mueven el esqueleto–, muchos de estos ritmos promueven violencia, machismo, misoginia, homofobia, racismo… y otros ejemplos que no deben ser patrones a imitar. La “libertad” no puede ser entendida de esa manera.

Quienes me conocen saben que estoy muy lejos de ser una persona conservadora. Y mucho menos se trata de ser pesados y convertirnos en eruditos a la hora de componer, pues la cultura cubana –y sobre todo la música– está llena de buenos ejemplos de composiciones deliciosas, sensuales y muchas veces atrevidas, que constituyen verdaderas joyas en el arte del doble sentido y la picaresca –incluyendo algunos reguetoneros, que lo han hecho con buen tino.

Eso no tiene nada que ver con estribillos como: “¡báfata, eso es un palo por la cara!”, “toma chupi-chupi, chúpamelo tuti, abre la bocuti, trágatelo tuti”, “mi jevita es una fiera, mi jevita es como un gato, como quiera que la tires, ella siempre cae en cuatro / ella camina singá, singá-solina”, “mi jevita es un carrito loco-loco-loco / se tira de los postes y de la mata de coco”, “tu tienes mala fama / de ser una vampira / de ser una siquiátrica / de ser mama-lona”… y muchos otros que, lejos de ser simpáticos, constituyen burdas expresiones del trato más degradante hacia otras personas. Y la gente los baila, por ser un ritmo de entretenimiento masivo contagioso, a veces sin entender lo que están diciendo.

Pero como hablo del reguetón, también pudiera hablar de ciertos personajes que se dicen “cómicos” y andan promoviendo espectáculos “humorísticos” de la misma estirpe, utilizando siempre como base de sus pujos a negros, mujeres, pinareños, homosexuales (de todos los bandos)… y la gente se ríe porque, como dice un amigo, las personas tienen mucha necesidad de reírse.

Está demostrado que se puede hacer buen arte tomando como base la sensualidad, el doble sentido; pero siempre sin ceder a la chabacanería y la vulgaridad que, en realidad, son expresión de la escasa creatividad de sus autores.

Por eso, doy mi voto porque a los promotores de “ritmos de entretenimiento masivo”, como a los “entretenedores” de mal gusto y cualquier otra expresión pública, no se les permita que promuevan en sus presentaciones la violencia y la discriminación. Estos no son valores, son humillaciones muy alejadas de la más elemental sociabilidad humana.

24 de diciembre de 2012

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Almendrones


Los almendrones han proliferado en La Habana como gremlins después de un buen aguacero.

Tras los cambios económicos en Cuba de 2011, y la crisis en que ha recaído el transporte en la capital en los últimos años, los tranques en L y 23 en horarios picos forman filas de almendrones que llegan hasta la Universidad – gracias también a las guaguas de turismo, que se atraviesan frente al Habana Libre y forman un verdadero caos en el mismo centro de La Habana.

Pero aunque han llegado más de los mismos viejos carros americanos de los años 50, unos en mejor estado y otrosque dan grima, algo novedoso ha caracterizado a esta oleada de almendrones: ¡parece que han hecho un "casting" para escoger a los choferes de taxis particulares!

Antes, los viejos choferes de carros de la "Anchar" parecían tan viejos como los mismos carros. Ahora, una gran parte de estos fotingos están conducidos por jóvenes, bien alimentados y curtidos por el sol, con una belleza natural – sin los artificios de gimnasios, puestos de moda últimamente –, que bien podrían ser escogidos para revistas fashion y chismes del corazón.

Muchos de ellos, evidentemente, son guajiritos acabados de aterrizar en la jungla del asfalto, a veces hasta tímidos, a quienes en ocasiones hay que indicarles la ruta, porque tal parece que no se han quitado aún los ariques y se sienten aturdidos entre el tráfico y el tumulto de gente en la capital.

Estoy seguro que los artífices de los cambios económicos en Cuba nunca se imaginaron que tales medidas iban a tener como resultado esta explosión de belleza masculina cubana, en todo su esplendor. A tal punto que, en muchas personas, nos ha creado la expectativa de cuál será la nueva maravilla del próximo taxi a parar.

Pero nada de críticas. Sean bienvenidas las nuevas medidas, sobre todo porque han traído sorpresas juveniles tan agradables para el ornato público, en una ciudad y en unos carros que poco han cambiado desde los años 50.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Ya no soy “gay”

Vuelvo a actualizar mi blog después de un largo período de silencio…que no significó ausencia de pensamiento. Todo lo contrario, ha sidoun período de mucha reflexión y cuestionamiento, que me ayudó a revisar algunas cosas y a consolidar otras.

Esto lo escribí hace ya algunos meses… y no hay que sorprenderse con el título. Está en consonancia con lo que decía en febrero de 2010, con la famosa "sopa de letras" ILGBTTTIAQ…

Me cansé de las categorías que defiende la teoría de la "diversidad sexual". Admito su importancia en la enseñanza del comportamiento humano, para entender mejor la vida sexual de las personas, y el papel que ha tenido en la lucha por los derechos de las mal llamadas "minorías sexuales".

Pero la vida es más que una escuela y las categorías no podrán cubrir toda la complejidad humana. Y como las categorías son convencionalismos humanos, me resisto a seguir identificándome como "gay".

Me sorprende cómo la gente se toma tan en serio eso de las categorías, con todos sus estereotipos y discriminaciones (¿o "parametraciones", a la inversa?). He tenido que escuchar en muchas ocasiones, durante mucho tiempo, eso de: "pero tu no pareces gay"; o,al menos, "tu no eres un gay típico" – siemprecomparándome con lo que debería ser.

Pregunto: ¿Por qué no parezco "gay"? Y me responden:

• "Porque tu eres 'hombre'" (como si los gays no fueran hombres).
• "Porque tu no te vistes como los gays" (como si eso fuera una moda).
• "Porque nunca vas a fiestas gays" (como si hubiera que pasar lista en ellas para ser categorizado).
• "Porque no tienes plumas" (como si fuéramospájaros… a pesar del mote).
• "Porque tu no tienes el 'swing' de los gays" (como si fuera fashion).
• "Porque no eres promiscuo" (como si fuera una condición).
• "Porque no eres seropositivo" (en verdad, cada vez es más difícil encontrar alguno que se mantenga seronegativo)

Más toda la creatividad de lo que la gente identifica como "gay", que no es poca.Entonces, basta de querer identificarme con un estereotipo que no cumplo… ni pretendo cumplir.

Creo, además, que la lucha debe ir más allá de estas categorías: que se respete a todas las personas independientemente de sus gustos, de sus placeres, de sus secretos, de sus estilos, de sus pudores, de sus miedos, de sus sinceridades… nadie tiene derecho a meterse en la vida de los demás.

Que conste: respeto mucho a amigos y colegas que quieren seguir identificándose como tal… incluso a quienes defienden el "matrimonio gay" – matrimonio, esa institución patriarcal, símbolo del poder masculino,colmado de dobleces, quimeras y sentido de pertenencia, que tan pocos buenos ejemplos nos ha dado a través de la historia.

Por eso prefiero ser identificadopor muchas otras cosas más importantes. Por ejemplo:

• Camilo (para más detalles García López-Trigo, porque en el pueblo hay muchos Camilos): con virtudes y defectos, con verdades y contradicciones.
• cubano (de los patriotas, de los que no se van)
• camagüeyano (de nacimiento, aunque conozco poco la zona)
• habanero(por adopción… cayohuesano para ser más exactos, donde he vivido gran parte de mi vida. Es que, sin dudas, Cayo Hueso deja su impronta).
• hombre (con los beneficios y perjuicios que eso implica)
• blanco (enapariencia, por supuesto. Igual que lo anterior, estodefine muchas experiencias que he tenido… y otrasque no he tenido)

¡Ah! y maricón, que es muy diferente a ser "gay".Al menos es un término más concreto, más directo… que va a la esencia: todo el mundo sabe inmediatamente de lo que estoy hablando. Y aunque a algunas personas no les guste, porque les suena vulgar y peyorativo…¡es una palabra que a mi me suenatan masculina!

7 de septiembre de 2012